DIA 3.
     
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DIA 3.

   
 
PRECAUCIONES.-- EL SAQUEO ES EVITADO.--LAS FUERZAS CONSTITUCIONALISTAS ENTRAN ORDENADAMENTE.--CENTENARES DE HERIDOS Y PRISIONEROS.-- EL ORDEN SE RESTABLECE.
1 a. m. Continúan en el centro de Torreón las descargas en la misma forma. No hay duda de que el enemigo ha evacuado la plaza. Sin embargo de todo, nuestras fuerzas exploran avanzando con suma prudencia, para evitar una sorpresa.
De 2 a 6 de la mañana, calma complete. En el campamento de Gómez Palacio son aprehendidos algunos soldados federales que al desertarse del ejército adversario han ido a caer prisioneros de nuestras fuerzas, precisamente por ignorar el camino propio para escaparse. Los señores Generales Pánfilo Natera y Eulalio Gutiérrez, acompañados de sus escoltas, llegan al Cuartel General. Se dirigen al Norte con el objeto de arreglar importantes asuntos militares.
7 a. m. El pueblo de Torreón, en pequeños grupos, inicia el saqueo en el ex-Cuartel General de Velasco y en la estación del F. C. Central; pero castigados severamente algunos individuos por las fuerzas del General Maclovio Herrera, se dispersan los grupos y se evitan actos que hubieran arrojado una mancha sobre tan gloriosa jornada.
8 a. m. Hacen su entrada al centro de Torreón los Generales Maclovio Herrera, Orestes Pereyra y Eugenio Aguirre Benavides y el Coronel Raúl Madero, por la izquierda; los Generales Urbina y Rodríguez y los Coroneles González y Almeida, por el centro. En la derecha nuestros soldados coronan los fuertes. A las nueve de la mañana el señor General en Jefe, acompañado de su Estado Mayor y de su escolta sale de Gómez Palacio para Torreón. En el camino se detiene para admirar el heroísmo de sus soldados que cayeron sin vida al pie de las trincheras enemigas. Se emociona visiblemente con semejante prueba de heroísmo y ordena que inmediatamente se dé honrosa sepultura a los que supieron morir en defensa de los nobles ideales.
A las diez de la mañana el señor General Villa hace su entrada a Torreón, siendo aclamado con entusiasmo por el pueblo. Se note que no aparecen por ninguna parte los que pertenecen a las clases acomodadas. Es que han huido con el enemigo. A las once de la mañana miles de soldados desfilan por la ciudad, dirigiéndose a sus alojamientos. Desde luego se nombran numerosas comisiones que se ocupen de volver a la ciudad a su aspecto normal. Las fajinas recogen centenares de cadáveres que yacían amontonados en los cuarteles y hospitales, lo mismo que en las calles de la ciudad. En los edificios del Banco de la Laguna y Casino de Torreón, dónde el enemigo improvisó hospitales de sangre, hay unos cartelones en los que se lee: Quedan bajo la protección de las fuerzas constitucionalistas del señor General Francisco Villa y de los Cónsules extranjeros.

No puede precisarse el número de los heridos abandonados despiadadamente por el enemigo, en virtud de que entre ellos hay cadáveres en pleno estado de descomposición. En estos sitios la atmósfera es realmente irrespirable. Después se comprueba que a pesar de todo lo dicho por la prensa gobiernista, los pobres heridos de la Federación, no han recibido casi ningunas atenciones facultativas. A las doce del día desfila por el centro de la ciudad la artillería constitucionalista, al mando del señor General Felipe Ángeles. Durante los combates sus tiros dañaron grandemente al enemigo, haciendo rarísimas víctimas entre los pacíficos. Al paso de estos regimientos el pueblo ovaciona entusiasmado a los valientes artilleros y a su esforzado jefe. Los habitantes de la ciudad quedan sorprendidos al ver que la artillería constitucionalista es realmente numerosa y está en magníficas condiciones. A la una de la tarde, el señor General Villa tiene una larga conferencia por telégrafo, con el Jefe Supremo del Ejército Constitucionalista. El victorioso General Villa sale de sus oficinas, contento y lleno de satisfacción, a las dos y media de la tarde
A las tres de la tarde el señor General en Jefe empieza a recibir partes que lo imponen del botín quitado al enemigo.
Entre lo más importante anotamos un cañón, seis ametralladoras, 2,000 granadas de fabricación extranjera, dos carros con armas y municiones en mal estado, once locomotoras, mucho material rodante y trenes cargadas con más de cien mil pacas de algodón. Este solo dato basta para probar que los federales han huido con precipitación, pues han cometido un gran error militar, con dejar todos estos elementos a sus contrarios.
A las cuatro de la tarde el General en Jefe dicta sus órdenes para iniciar la persecución del enemigo, que según parece no se encuentra muy lejos.
A las 5 p. m. El señor General Villa visita a la colonia española que se encontraba congregada en los subterráneos del Banco de la Laguna. Note que muchos de los iberos están densamente pálidos, les reprocha su actitud para con el Pueblo y el Ejército constitucionalista. Les dice que fusilarlos sería muy justo por la vehemencia con que, moral y pecuniariamente, han ayudado a la reacción, pero que quiere probar a sus conciudadanos y al mundo entero que él no es un asesinó Les concede 48 horas para que abandonen el territorio nacional y pone a la disposición de ellos los trenes que necesiten. Les aconseja que no dejen de llevar el dinero necesario para que hagan frente a sus necesidades al atravesar el territorio de los Estados Unidos del Norte. Muchos de ellos se lamentan de que se les considere como enemigos del Constitucionalismo; y el General Villa les responde que una medida política de esta naturaleza no puede hacer excepciones en favor de nadie, y que por lo mismo, todos los españoles residentes en la comarca lagunera, deben apresurarse a dejar el territorio nacional en el término que se les ha señalado. Notase que por sus espíritus pasa la idea de que el General Villa no es el hombre que les han pintado los eternos enemigos del pueblo y de las instituciones liberales; y ven en él al vengador de un pueblo escarnecido y vilmente vejado por los individuos de su raza.

6 p. m. El Cuartel General dispone que sean conducidos a Chihuahua los doscientos y tantos prisioneros quitados al enemigo. A las siete de la noche la ciudad están alumbrada. Numerosas patrullas recorren las calles. En las puertas de los Bancos y Almacenes se colocan guardias competentes para evitar remotos desórdenes. Pocas ejecuciones se han verificado, y esto nada más en algunos oficiales de la Federación, que disfrazados de ferrocarrileros se habían quedado dentro de la ciudad, sin duda con el fin de espiar nuestros movimientos. La Banda del Quinto Regimiento cae prisionera, recogiéndose todo el instrumental. Los trenes eléctricos comienzan a dar servicio y el alumbrado se halla en muy buenas condiciones.
 
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