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Caballeria villista ataca en alrededores de Gomez.
CAMPAÑA DE VILLA EN COAHUILA
Hacia Torreón
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Artilleria de la division del norte marzo 1914 a las ordenes de gral Felipe Angeles.
El silbato de los trenes aturdió a los vecinos de Chihuahua desde muy temprano, aquel lunes 16 de marzo de 1914. A los niños les parecía un día de fiesta y las mujeres, debajo del entusiasmo, guardaban la inquietud de la separación: ¡el general Francisco Villa estaba embarcando los 7.600 soldados de la División del Norte para recuperar Torreón!. Quince trenes salieron de la estación de Chihuahua con las fuerzas comandadas por los generales Maclovio Herrera, Toribio Ortega, Eugenio Aguirre Benavides, Felipe Ángeles y José Rodríguez, y con los hombres de los coroneles Trinidad Rodríguez, Miguel González y Máximo García. En los trenes que conducían la artillería al mando del general Felipe Ángeles iban 29 cañones de diferente calibre, con 1.700 granadas, además de ametralladoras, carros de armamentos, automóviles, equipo y parque en general. El vagón de la brigada sanitaria, con instrumental médico y medicinas en abundancia, enfermeros, camilleros y médicos, era elogiado por todos como modelo de buena organización. ¡Ni los federales tenían uno así!
Con cuánta emoción se despedía el hombre de la mujer; los hermanos de las hermanas y había que ver cómo las mujeres y los niños se quedaban llorando y a la vez riendo. Muchachas de las más distinguidas familias se despedían cantando y llorando, de jóvenes oficiales que contagiados del magnetismo y de la fe de su jefe, Pancho Villa, mostraban sus rostros radiantes de entusiasmo y optimismo.

Iban a reconquistar Torreón, la ciudad más próspera del norte de la República, a la que a principios de diciembre habían evacuado las últimas fuerzas villístas comandadas por Calixto Contreras y José Isabel Robles. Allí se había acuartelado lo más granado de la oficialidad y la tropa del ejército huertista formando la División del Nazas, compuesta por 7.000 hombres, con más de 19 piezas de artillería, al mando del general federal José Refugio Velasco.
Mientras Villa, con el grueso de la División del Norte, se había dirigido a Chihuahua y obteniendo los grandes éxitos de Ciudad Juárez, Tierra Blanca y Ojinaga, Calixto Contreras y José Isabel Robles, siguiendo las instrucciones del guerillero, habían quedado en las proximidades de Torreón, sosteniendo constantes peleas con las avanzadas del general Velasco. Ahora llegaba la hora del desquite revolucionario.
El martes 17 los trenes villistas se detuvieron en Santa Rosalía de Camargo, donde fueron entusiastamente acogidos por la población.
En Santa Rosalía de Camargo se incorporó a la División del Norte el general Rosalio Hernández, con sus 600 hombres, como asimismo otras partidas revolucionarias dispersas. Avanzaron después hasta la estación Yermo, a 112 kilómetros de Torreón, y luego a la de Conejos, donde cuando amenguaba una gran tormenta, Villa reunió a sus generales para decirles:
-Señores, sí somos todos de un solo parecer, seguiremos nuestra marcha conforme amanezca. Por la izquierda avanzará el señor general Eugenio Aguirre Benavides con las brigadas Zaragoza, Cuauhtémoc, Madero y Guadalupe Victoria: su misión es apoderarse del pueblo de Tlahualilo. Por el centro y nuestra derecha próxima avanzaremos los demás, con todas las otras brigadas aquí reunidas: nuestra misión será empujar desde Peronal las avanzadas enemigas y seguir hasta adueñamos del pueblo de Bermejillo. Por nuestra derecha lejana avanzaran los dos mil hombres de la Brigada Morelos, al mando del señor general Tomás Urbina, que ya viene con esa consigna desde su campamento de las Nieves: su misión será tomar el pueblo de Mapimí.
El terrible compadre de Villa, Tomás Urbina, salió de Nieves, donde era señor de vidas y haciendas, y se lanzó sobre la población de Mapimí. El general Eugenio Aguirre Benavides se apoderó de Tlahualilo mientras Villa perseguía a los rurales que defendían Bermejillo. Las avanzadas federales retrocedieron y fueron a refugiarse en la ciudad de Gómez Palacio, en las cercanías de Torreón, donde el general Velasco había establecido su cuartel general. Desde Tlahualilo, Villa y Ángeles lo llamaron por teléfono para solicitarle la entrega de la plaza
de Torreón. Como era de esperarse, Velasco se negó al pedido, formulado por Ángeles en términos muy corteses. El general Villa tomó la bocina y sostuvo esta sabrosa conversación con un oficial de los de Gómez Palacio:
-¿Con quién hablo?
-Con Francisco Villa.
-Conque con Francisco Villa ¿eh?
-Sí, señor, servidor de usted.
-Muy bien, allá vamos dentro de un momento.
-Pasen ustedes, señores -contestó Villa.
-Bueno, prepárennos la cena.
-Muy bien. Y si no quieren molestarse nosotros iremos, pues no hemos andado tantas tierras nada más que para venir a verlos.
-Y qué, ¿son ustedes muchos?
-No tantos -respondió Villa-, dos regimientos de artillería y diez mil muchachitos para que se entretengan.
Los Hombres de Villa.
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La División continuó de inmediato hacia el Sur, mientras el enemigo concentraba parte de sus avanzadas en la hacienda de Sacramento, sobre la línea del Ferrocarril Central que va de Torreón a Monterrey. Comandaba estas fuerzas el joven general Juan Andrew Almazán, que había abandonado las filas revolucionarias en los primeros tiempos del maderismo para seguir la política intrigante de Victoriano Huerta. El general Villa envió contra él a Eugenio Aguirre Benavides, quien lo atacó durante la tarde y la noche del sábado 21 de marzo sin mayor éxito, por deficiencias en su artillería. Villa llamó al general Rosalío Hernández, y le ordenó:
-Señor general, sale usted ora mismo a dar su ayuda a Eugenio Aguirre Benavides, que lucha con grande ánimo en Sacramento. Nuestro triunfo va cobijado bajo la rapidez de su acción.
En Sacramento, el combate había recrudecido, con bajas de importancia para los revolucionarios (el coronel Trinidad Rodríguez, muy amigo de Villa, fue llevado a Bermejillo con dos heridas en el cuerpo). Aguirre Benavides comandaba allí cuatro brigadas y un total de 2.800 hombres. Los federales, muy inferiores en número, luego de una valiente resistencia, huyeron hacia Gómez Palacio al mediodía del domingo 22, aprovechando una repentina tolvanera que los ocultó a las impetuosas fuerzas de Benavides y Hernández.
Entre tanto, el grueso del ejército villista había llegado a las inmediaciones de Gómez Palacio, cuyo caserío se dibujaba en la bruma cálida, reverberante bajo el fuerte sol. La División del Norte acampó en una hacienda llamada El Vergel.
Villa decidió lanzarse contra la ciudad donde estaba acuartelado José Refugio Velasco. El ala derecha de su ejército, formada por las brigadas González Ortega y Benito Juárez, se extendió en una línea de tiradores de más de cinco kilómetros; lo mismo hizo el ala izquierda, formada por las brigadas Villa y "Victoria", mientras que el centro lo ocuparon dos regimientos de artillería y dos batallones de infantería. Al frente de esta tropa marchaba Pancho Villa, en su caballo alazán, rodeado por el Estado Mayor.
Los que rodeaban a Villa eran unos trescientos muchachitos, como él los llamaba, que muy pronto serían conocidos con un nombre que tuvo resonancias épicas en donde quiera que fueron relatadas sus hazañas:
Los Dorados de Villa.
Cuatro kilómetros antes de llegar a los suburbios de Gómez Palacio, aquella multitud de hombres armados con rifles y bombas de dinamita, echaría pie a tierra, amarraría sus caballos
y se lanzaría á carrera tendida para entrar, a como diera lugar, basta el reducto ocupado por los federales del general Velasco.
Mientras llegaba este momento, Maclovio Herrera atacaba y se apoderaba de la aledaña ciudad de Lerdo, apenas separada, por unos caseríos, de Gómez Palacio y a tiro de cañón de las baterías de Torreón.
Y ya no Respondieron.
Lo mejor de la artillería federal había sido distribuida en el cerro de La Pila, que dominaba el contorno, en la fábrica La Jabonera y en la Casa Redonda, donde se reparaban habitualmente las máquinas de ferrocarril. Los generales huertistas José Refugio Velasco, Eduardo Ocaranza, Ricardo Peña, Agustín Valdés y el orozquista Benjamín Argumedo, esperaban poder contener el avance de los villistas antes que llegaran a Torreón, mediante una defensa exterior activa, es decir, presentar resistencias sucesivas en Ciudad Lerdo, Gómez Palacio y primera línea o línea exterior de la ciudad de Torreón, para desgastar a sus adversarios e impedirles así atacar con todos sus elementos la segunda línea o línea interior de Torreón en la que, en todo caso, se opondría la última y definitiva resistencia.

Artillería federal en acción. Tratará de detener el inminente ataque de las fuerzas de Francisco Villa. Al final, Sin embargo, las tropas federales perderán, una tras otra, las tres ciudades en disputa: Lerdo, Gómez Palacio y Torreón.
Los villistas, enardecidos a la vista de los cañones federales, se lanzaron a la carga el lunes 23 de marzo y fueron diezmados sin piedad por los huertistas. El general Ángeles, en tanto, buscó un lugar escogido con matemática precisión, para colocar su artillería. Pero tuvo que ordenar cesar el fuego para no matar a los revolucionarios, que luchaban ya cuerpo a cuerpo con los federales.
Los ataques y contraataques se repitieron desde el lunes 23 hasta el jueves 26. Los villistas, en cargas suicidas, caían sobre los fortines, ascendían penosamente los cerros, para ser rechazados una y otra vez, en medio del tronar de los cañones y el tableteo de las ametralladoras.
Acompañaban al general Villa todos sus generales, no solamente los que habían salido con él de El Vergel, sino también Calixto Contreras y José Isabel Robles. A éste dijo Villa:
-Créame: estamos peleando la más dura batalla de cuantas han de presentarnos los sostenedores de Victoriano Huerta; necesitamos aquí de toda la perseverancia de nuestro mayor impulso.
Al caer la noche del miércoles 25 se emprendió un asalto decisivo al cerro de La Pila, desde el cual los federales causaban los mayores destrozos.
El asalto empezó a las ocho y cuarenta y cinco de la noche. Ni un solo momento, mientras duró el asalto, pudo reinar la oscuridad en el cerro, pues a cada instante lo iluminaban siniestramente 108 fogonazos. A la hora justa de que comenzara el asalto, las fuerzas constitucionalistas coronaban el cerro tan vigorosamente disputado por los contendientes. Los constitucionalistas llegan hasta el pie de los reductos, meten la boca del fusil por las aspilleras, y disparan hacia adentro, desafiando el fuego certero y mortífero de los defensores.
Un soldado constitucionalista pudo meter la mano en una aspillera, coger el fusil enemigo y arrebatarlo vigorosamente dejando inerme a su contrario.. . En este asalto terrible y magnifico perdió la vida el general Ricardo Peña y salió herido el general Eduardo Ocaranza. En concepto de los que esto escriben, el asalto al cerro de La Pila es la más grande de las acciones que se registran en nuestra historia revolucionaria a partir de 1910. Un contingente de 2.000 hombres ataca un cerro no más largo que un kilómetro, con una inclinación de 30 grados, perfectamente afortinado en su cumbre y falda, defendido por más de 500 hombres con 4 cañones, 8 ametralladoras y sostenido por el fuerte de Santa Rosa y las baterías de Gómez Palacio.
No menos valientes que los revolucionarios, los soldados federales recuperaron los fortines al día siguiente a punta de bala de fusil y cañón.

En la mañana del jueves 26 de marzo, Villa resolvió dar por la noche un ataque firme y decisivo contra las fortificaciones federales. A media tarde, un intento de salir de Gómez Palacio por parte de la caballería huertista fue prontamente desbaratado.
Después reinó la calma. Villa y los suyos estaban intrigados. Pero como lo tenían dispuesto, avanzaron y Comenzaron a bombardear la Casa Redonda. Ninguna respuesta. Se adelantaron, con mil precauciones, hasta las primeras calles de la ciudad. Todo es silencio y oscuridad. Los vecinos ocultos en sus casas, relataron cómo el general José Refugio Velasco, con toda su tropa y armamentos había decidido evacuar Gómez Palacio y retirarse a Torreón, en vista de la enorme pérdida de hombres y material que le había causado Villa.
Pancho Villa entró a caballo a la ciudad de Gómez Palacio y después que sus tropas tomaron posesión de los cuarteles, regresó a su campamento en El Vergel. Desde allí envió este mensaje a don Venustiano Carranza:
Señor, después de tres días y tres noches de combates, nuestras tropas son dueñas de Lerdo y Gómez Palacio. El enemigo, según creo, se ha retirado de allí por su abatimiento, a causa de las fuertes peleas que les hemos dado. Nuestros heridos pasan de seiscientos; nuestros muertos, que también son en mucho número, todavía no se los puedo precisar... Ya se lo comunicaré, señor, en cumplimiento de mis deberes y para que me acompañe usted en la pena de mirar delante de mí tantos revolucionarios muertos.., Lo felicito, señor por este otro triunfo de la causa del pueblo...
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Federales, dias antes de la batalla marzo 1914.
Un Recado Urgente.
El general Villa envió el viernes 27 de marzo un recado urgente al general José Refugio Velasco en el cual le decía: Cumpliendo con un deber de patriotismo y con objeto de evitar algún tanto el derramamiento de sangre y de acelerar el término de esta guerra fratricida y habiendo rechazado con la División del Norte a los federales en Lerdo y Gómez Palacio, vuelvo a insistir... pidiéndole la ciudad de Torreón; y que las tropas que están bajo su muy digno mando, rindan a las fuerzas democráticas que están a mis órdenes, sus armas y municiones.
El cónsul inglés había sido encargado por Villa de entregar el mensaje anterior, pero antes que cumpliera con su misión de intermediario, los federales -desde Torreón- empezaron a cañonear la ciudad de Gómez Palacio a escasa distancia de "La Perla Laguna". Los villistas se hallaban todavía en la tarea de incinerar a los muertos de ambos bandos amontonados al pie de los fortines del cerro de La Pila. A los primeros disparos salieron de Gómez Palacio para tomar posiciones y repeler la ofensiva, iniciando la marcha para el ataque a Torreón.
El sábado 28, perdida toda esperanza de entendimiento con Velasco, fracasadas las gestiones de los cónsules inglés y norteamericano, sé inició la ofensiva.
Las fuerzas del general Calixto Contreras se fueron acercando al cañón del Huarache --de triste recordación para los huertistas porque por allí entró Villa la primera vez que tomó Torreón-- mientras el resto de la División del Norte apretaba el cerco avanzando por las calientes riberas del anchuroso río Nazas. El general Velasco se había fortificado en los cerros de Santa Rosa; La Metalúrgica, La Vencedora, Calabazas, La Polvorera, en el cañón del Huarache y en los cuarteles de la ciudad.
El general Villa, detuvo su caballo para contemplar las lenguas de fuego que se alzaban en el cerro de La Pila, donde se cremaban los cadáveres de los caídos en la reciente batalla de Gómez Palacio y reflexionó: Allí lucharon antier, hasta iluminar el cielo con su furia, las armas de unos hombres que querían ganar y las de otros hombres que no querían que les ganaran. Allí arden ahora los cadáveres de muchos de esos hombres, que ni siquiera saben quiénes ganaron y quiénes perdieron. ¡Señor, qué cosa tan grande y profunda es la guerra! Hace falta la muerte de muchos semejantes para que florezca la vida de los demás y sólo a fuerza de mucho número de muertes progresa la causa del pueblo.

En la madrugada del domingo 29, el general Velasco recibió la ingrata noticia de que los revolucionarios se habían apoderado de los cerros Santa Rosa, La Polvorera y Calabazas, amenazando las posiciones federales del cañón del Huarache. El bravísimo "León de La Laguna", Benjamín Argumedo, salió con 800 de sus colorados y en una encarnizada y sangrienta pelea cuerpo a cuerpo, obligó a los revolucionarios a abandonar los reductos que acababan de tomar.
Los villistas reanudaron la lucha hacia el mediodía, cañoneando la artillería de Felipe Ángeles, desde Gómez Palacio, los cerros de Calabazas y La Polvorera, mientras la infantería se iba acercando a las afueras de Torreón. Al anochecer, varios soldados villistas, haciendo gala de valor extremado, se metieron hasta el mercado de la ciudad y regresaron a sus puestos con buena provisión de botellas y carnes frías.
-¡Hagan que el enemigo esté siempre en la mira de sus carabinas! ¡No lo pierdan de vista!
Con estos gritos, sudoroso y sucio, con una resistencia física que causaba asombro, Villa azuzaba a sus "muchachitos". Años después, al recordar aquella acción, comentaba: A ellos parecían nacerles por todas partes cañones y ametralladoras con qué resistirnos; a nosotros sus granadas ni sus balas parecían fatigarnos, aunque nos mataran y nos hirieran, según se crecía nuestro ánimo con el aumento de nuestras bajas.
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Huerta envia refuerzos a Torreon, siendo rurales.
El Triunfo Villista.
La lucha se hizo más sangrienta el lunes 30 y el martes 31. Los muertos y heridos iban en aumento sin que ninguno de los dos contendientes se mostrara dispuesto a ceder un palmo. Cuando amaneció el miércoles lo. de abril el general Velasco parecía dispuesto a morir dentro de Torreón y el general Villa a continuar enviando sus brigadas, una tras otra, a estrellarse contra los cerros Santa Rosa, La Cruz, La Polvorera, o Calabazas. Pero en el anochecer de ese día lo los federales comenzaron a dar signos de debilitamiento. Los villistas acababan de tomar nuevamente el cerro de Santa Rosa, desde donde habían comenzado a bombardear el centro de la ciudad de Torreón.
En la madrugada del jueves 2 de abril, los hombres de Villa eran dueños otra vez de los cerros de Calabazas y La Polvorera y empezaban a arrojar a los federales de los barrios La Fortuna y La Empacadora a la vez que trepaban, ya victoriosos, por los riscos del cañón del Huarache. Habían tomado a sangre y fuego el cerro de La Metalúrgica y se acercaban a las casas próximas a la Alameda.
En el curso de la mañana, Villa dispuso un descanso, con el propósito de que sus tropas estuvieran bien dispuestas para un nuevo combate nocturno. Pues, como le había dicho al general Ángeles, no estaba dispuesto a ceder: Tocante al espíritu nuestro. es seguir aquí la pelea hasta que Torreón caiga o hasta que el enemigo nos entierre a todos . . .
Apenas se anunciaba el crepúsculo de aquel 2 de abril cuando el cielo comenzó a nublarse y los contornos de Torreón, enclavada en una llanura arenosa, rodeada por cerros pelones, a borrarse bajo nubes de enloquecido polvo, que llegaron a no permitir ver las caras de los hombres más cercanos, ni siquiera con linterna. Sé trataba de una tolvanera, tormenta de polvo y tierra, frecuente en aquellas regiones desérticas.
Anocheció y solamente, entre las ondas de la tormenta, se veían algunos de los incendios provocados en la plaza. Serian las siete de la noche cuando no sonó ya ningún cañonazo
del enemigo... serian las ocho cuando ya casi no se oían ningunos fuegos de fusil... serían las ocho y media cuando me llegan informes de la retirada enemiga... serían las diez cuando se me presentan en mi cuartel general pobladores de Torreón que vienen a decirme que la plaza estaba ya desamparada por los federales, los cuales habían salido rumbo a Viesca... serian las once cuando mando llamar a los señores periodistas y les expreso a todos que pueden informar al mundo cómo la plaza de Torreón estaba ya en poder de la causa del pueblo.
Aprovechando la polvareda, el general Velasco, con los restos de la División del Nazas, se acababa de retirar a la cercana población de Viesca. Aquella misma noche Francisco Villa telegrafió a Venustiano Carranza relatándole la batalla de once días consecutivos y felicitándolo por el nuevo triunfo de las armas revolucionarias.
En la mañana del 3 de abril, Pancho Villa seguido por la División del Norte, entró a la ciudad de Torreón en medio de las aclamaciones del pueblo.
Las estadísticas dicen claramente de lo sangriento de aquellos combates que culminaron con la toma de Torreón: Los villistas tuvieron 1.78lmuertos y 1.937 heridos. Los federales sufrieron 2.360 muertos, 3.257 heridos, 1.500 desertores y 1.491 prisioneros.
 
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