¡Éntrenle, Muchachitos!
     
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A los convoyes militares enviados hacia el Norte, se agregaban carros de carga donde eran acomodadas las Soldaderas. Gráfica en la estación Central en México.
En la mañana del lunes 29 de septiembre de 1913 retumbó el campamento del general Villa con un feroz cañoneo. Los generales Felipe Álvarez y Emilio Campa, que con unos mil hombres habían salido de Torreón para hacer un reconocimiento y limitarse a observar al enemigo, empezaron por su cuenta y riesgo a bombardear el sitio en que se hallaban concentrados los revolucionarios.
De inmediato Villa dispuso la movilización total de su ejército. La brigada "Villa", bajo el mando del general Toribio Ortega, siguió por la ribera sur del río Nazas, en tanto que el general Maclovio Herrera al frente de la brigada "Juárez" avanzo sobre la margen izquierda del río, protegiendo el flanco norte de la brigada“Villa", llevando como objetivo principal la ocupación de las ciudades de Lerdo y Gómez Palacio. Además, la brigada "Morelos", comandada por el general Tomás Urbina, protegería el flanco sur de la brigada "Villa" y se uniría a ésta en el rancho de Avilés, quedando, en calidad de reservas la brigada "Zaragoza" y la fracción "Yuriar".
No tardaron en aparecer, en auxilio de Álvarez y Campa, los bravísimos jinetes del general Benjamín Argumedo que, orozquistas al fin, sabían enfrentar a la muerte sin temblar. De lo alto del cerro de La Cruz bajaban en cerradas cargas de caballería; pero fueron rechazados y despedazados por la gente de Villa. En esa acción salió herido el teniente coronel José Borunda y el jefe Luis Herrera, una bala atravesó el pecho a Borunda y su bestia lo arrastró al caer éste, y quedarse prendido de un estribo de la montura. Luis Herrera salió con una mano casi deshecha de un balazo.
El mayor villista Juan B. Muñoz, que combatía en las primeras filas, rememoró más tarde aquella acción:
Tras una hora de combate, sin detenernos ante nada, avanzando la caballería y la infantería, seguimos haciendo fuego y caminando paso a paso, hasta que estuvimos al alcance de tiro de pistola, nos abalanzamos al galope de nuestros caballos y sin más, levantamos de sus posiciones a la primera línea de tiradores del enemigo. Nuestro avance era lento, relativamente; pero firme y vigoroso, pues tras nosotros sólo quedaban cadáveres y caballos muertos .
Mezclado con sus hombres, pistola en mano, iba Francisco Villa con la mirada relampagueante, lanzando gritos de combate. Detrás de él quedaban muertos o agonizantes, en zanjas o en el llano, los tiradores federales que cedían ante aquella fuerza de la naturaleza desatada en su contra. Se hacían más y más prisioneros, minuto a minuto.
No había pasado una hora del contraataqué de Villa cuando el ejército federal empezó a desbandarse y a tomar el rumbo del poblado de Avilés y de la ciudad de Lerdo, en donde creían poder resistir. Pero el intento fue en vano: los constitucionalista les iban pisando los talones. Tomás Urbina y Orestes Pereyra sacaron de Avilés, a la viva fuerza, a los federales que buscaban fortificarse allí. Igual suerte corrieron los colorados de Emilio Campa que fueron arrojados de Lerdo por Calixto Contreras y Maclovio Herrera.

Al entrar al poblado de Avilés, seguido por su Estado Mayor, Villa vio que la gente se arremolinaba en la puerta de un zaguán. Desmontó de su caballo, se abrió paso, y pudo contemplar en el suelo el cadáver desnudo de un hombre, en el que eran visibles las muchas heridas que había recibido antes de sucumbir:
-Es el general Felipe Álvarez, el que mandó el ejército que derrotamos.
Villa quedó un momento en silencio y mandó, mientras volvía a montar su caballo:
-Que se le dé cristiana sepultura. Y desde ahora en adelante sepan todos que quien se extralimite cometiendo desmanes, será fusilado sin formación de causa .
Después del combate de Avilés se registró un acto intensamente dramático. En la callecita principal del poblado se concentraron a los prisioneros, entre federales y orozquistas; eran como 500. Se separaron a unos de otros y los orozquistas apenas llegaron a 167. Los citados prisioneros alineados a lo largo de la acera y en cada una de las bocacalles se instaló una fuerte escolta, una bajo el mando del capitán Fernando Munguía y la otra al mando del capitán Nicolás Fernández. Cuando en el cuartel general se da la orden para que los prisioneros sean pasados por las armas, según lo dispuesto por el señor Venustiano Carranza, basándose en la Ley del 25 de enero, el mayor Rodolfo Fierro, agregado al estado mayor del general Villa, sin comisión fija, pide que le permitan ser él quien ordene el cuadro para fusilar a los prisioneros. Acto seguido, acompañado del también mayor Pablo Sáenz se presenta pidiendo que le entreguen los prisioneros y el capitán Nicolás Fernández se niega y pide le muestren orden por escrito del general Villa. Fierro la obtiene y comienzan a matar prisioneros cada uno por su lado. Iniciada aquella matazón, llega una contraorden y se suspende la matanza que gustosos habían empezado los mayores Fierro y Sáenz. Ocurrió que el coronel Juan N. Medina ya había estado con los citados prisioneros y éstos le habían manifestado que estaban dispuestos, porque era su voluntad, a incorporar-se a la revolución a cambio de que se les perdonara la vida. El coronel Juan N. Medina habla con el general Villa y le expone lo que antecede, entonces el general Villa que no pierde oportunidad para aumentar sus filas, ordena que inmediatamente se sus penda la ejecución, ya que aquellos soldados y oficiales desean servir a la revolución
La tremenda derrota que Pancho Villa y sus generales infligieron a los federales en los alrededores de Torreón fue conocida como "el desastre de Avilés". Los Constitucionalistas capturaron a los huertistas 3 cañones, 532 fusiles, 150.000 cartuchos y 300 granadas.

 
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