TOMA 1913.
     
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TOMA 1913.

   
 
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El general orozquista Benjamín Argumedo, llamado el León de la Laguna, fué el más tenaz adversario de Villa durante los sangrientos encuentros que tuvieron por escenario las tierras de Durango y Coahuila.
La División del Norte.
Luego de derrotar a orozquistas y federales en San Andrés, en agosto de 1913, Pancho Villa radicó su cuartel general en San Nicolás de Carretas, en el centro del Estado de Chihuahua.
En los primeros días de septiembre la alegría por los triunfos obtenidos era mucha y se reflejó en ruidosos festejos; el sotol producía efectos no siempre gratos y la tropa comenzó a desmandarse. Villa se enojó y dispuso que todos los garrafones de esa bebida que se encontraran en los tendajones del pueblo se vaciaran en la calle. Los soldados se precipitaron sobre los ríos de alcohol y, haciendo hueco con las manos lo recogían y seguían bebiendo. Villa, sin inmutar-se, encendió un fósforo y lo acercó al licor regado en las calles: se alzó una llamarada que corrió como un reguero de pólvora y... ¡se acabó la diversión!
Tres días después de aquel incidente los 700 hombres de Villa reanudaron la marcha hacia el norte del Estado, y el lunes 15 de septiembre entraban a la ciudad de Santa Rosalía de Camargo, donde los esperaba el general Maclovio Herrera con 400 hombres. Juntos continuaron hasta Jiménez, situada a mitad del camino entre Chihuahua, capital del Estado de ese nombre, y la ciudad de Torreón, en el Estado de Coahuila. En Jiménez se les incorporó el general Tomás Urbina con un contingente de 600 hombres.
El general Urbina acababa de regresar de Durango, donde con los hermanos Arrieta había tomado a sangre y fuego aquella capital. Su gente hacía ostentación de dinero, jugando a los albures las monedas de oro. Entre ellos había un ferrocarrilero al que Pancho Villa tomó gran afecto, convirtiéndolo en uno de sus guardaespaldas: se llamaba Rodolfo Fierro. En una de las tardes de ocio que
pasaron en Jiménez, Tomás Urbina le dijo a Francisco Villa:
-¿Ve usted, compadre, cómo vengo bien provisto de elementos y dinero? Pues fíjese nomás. Acaba de pedirme ayuda para su viaje a Sonora don Venustiano Carranza, ese señor que dice que es el Primer Jefe, y yo no se la negué. Le di sesenta pesos y una montura que ya no me servía. ¿Hice bien, compadre?
El general Villa sonrió, sin aventurar juicio.
La idea de atacar a la importante y estratégica ciudad de Torreón comenzó a cobrar cuerpo. En pláticas con Urbina y Herrera, Villa empezó a planear la acción. Era verdad que don Venustiano Carranza acababa de estrellarse contra las fuerzas de los generales Ignacio Bravo y Eutiqnio Munguía, fracasando en su intento de tomar la ciudad; pero esta misma circunstancia ayudaba a Villa, pues los federales no podían haber tenido tiempo de reorganizar sus bajas en hombres y en material bélico, ni seguramente esperarían una reacción tan inmediata de parte de los revolucionarios.
Por tierra y por tren las fuerzas villistas salieron de Jiménez y fueron a reunirse en la hacienda de La Goma, a 25 kilómetros al poniente de Torreón. Unos días después llegaron los generales Orestes Pereyra y Calixto Contreras, con toda la tropa que mandaban.
Durante el mes de agosto, y 10 que iba corrido de septiembre, los jefes a los que Venustiano Carranza, al partir para Sonora, había encomendado la misión de hostilizar a los federales de Torreón, no habían cesado sus guerrillas. Villa escuchó satisfecho los relatos de emboscadas, descalabros, huidas y ataques imprevistos. Conocía el carácter independiente de aquellos jefes, valientes pero anárquicos, a los que don Venustiano no había logrado hacer entender la necesidad de someterse a un único jefe y a una rigurosa disciplina para el mejor logro de sus esfuerzos.
La guarnición federal de Torreón contaba 3.500 hombres. El anciano general Ignacio Bravo acababa de obtener su retiro y ahora la plaza estaba bajo el mando del general Eutiquio Munguía, verdadero causante de la derrota infligida a los carrancistas. Lo asesoraban algunos hombres que habían figurado en la lucha revolucionaria junto a Pascual Orozco: Emilio Campa, el héroe de la famosa explosión del kilómetro 1313, y Benjamín Argumedo; y generales de probado prestigio como Luis Anaya y Felipe Álvarez.
Benjamín Argumedo hacia constantes salidas de Torreón para entablar combate con los revolucionarios en las poblaciones aledañas, como Lerdo, Gómez Palacio y San Pedro de las Colonias. Este era el enemigo más encarnizado que debían enfrentar constantemente Orestes Pereyra y Calixto Contreras. Su valor era indiscutible y merecido su apodo: "El León de La Laguna". En una ocasión resistió durante más de una hora a la gente del general Contreras sin disparar un solo cartucho, sufriendo el fuego enemigo para ahorrar municiones. Esto no era solamente heroísmo suicida sino necesidad inmediata: el Ministerio de la Guerra de Victoriano Huerta no siempre respondía con celeridad a los urgentes pedidos de tropa, parque y provisiones que le hacían los federales norteños. El gobierno del Centro no respondía, ya sea por entorpecimientos de la burocracia, ya fuera porque sencillamente no podía responder a todos los reclamos que le llegaban de la República entera. Lo cierto es que los federales, en un principio tan dispendiosos de parque y provisiones, comenzaban ahora a ahorrarlas lo más que podían, con intuitiva prudencia.
Francisco Villa, decidido a atacar Torreón, la Perla de La Laguna, dispuso qué sus fuerzas avanzaran sobre ella por ambas márgenes del río Nazas, que en aquella temporada de lluvias iba muy crecido.
Villa sabía ser jefe. Su sola presencia inspiraba confianza; confianza acrecentada por el hecho que los grupos armados se habían convertido en un poderoso ejército unificado bajo el mando de aquel hombre que comprendía y era comprendido por la masa. Al decir de los jefes federales acuartelados en Torreón, los revolucionarios contaban con 10.000 hombres, 4 piezas de artillería y un número no calculado de ametralladoras.
La unificación, tan reclamada no hacia mucho por don Venustiano Carranza, se había producido rápida y enérgicamente. El general Villa, después de reflexionar mucho al respecto, se había dicho: Estas fuerzas ya no son tan sólo la brigada mía. Vienen las de mi compadre Urbina y las de Maclovio Herrera; están las de Calixto Contreras, las de Aguirre Benavides, las de Yuriar, las de Juan García. Se necesita, pues, para esta operación y para el futuro, un solo jefe que conduzca bien todas las tropas y sea capaz de organizarlas para el mejor concierto de sus movimientos.
Villa convocó a todos los generales que lo seguían y contemplando por entre las lonas de su tienda de campaña las lejanas lenguas de fuego que salían de las chimeneas de las fábricas de Torreón, les dijo:
Señores: en horas de la guerra nada se hace si no se sabe mandar y obedecer. O sea, que cuando se juntan fuerzas en mucho número los jefes de todos tos grupos deben escoger entre sí un jefe mayor, que lleve la carga del mando y al cual todos obedezcan. Como esas son ahora nuestras circunstancias; estamos en el deber, según yo creo, de nombrar un jefe que nos gobierne a todos y que con su autoridad dé a todas nuestras fuerzas
la organización que en su ánimo se necesite para el progreso de la campaña
Se procedió a votación y todos aquellos generales revolucionarios que habían ganado ya muchas batallas, eligieron unánimemente como su jefe supremo a Francisco Villa. El ejército unificado tendría su bautismo de fuego frente a las puertas de la ciudad de Torreón y no tardaría en ser mundialmente famoso.
Había nacido la División del Norte.
 
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