CAPITULO XVI
     
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CAPITULO XVI

   
 
PANCHO VILLA SE ADUEÑA DE SACRAMENTO y CIUDAD LERDO Y SE
DISPONE A LA TOMA DE GÓMEZ PALACIO
Antes de mi salida de Bermejillo recibí noticias de cómo progresaban las operaciones sobre Sacramento, donde ya se habían unido para la pelea la gente de don Rosalío Hernández y la que mandaba Eugenio Aguirre Benavides. Según me informaban, los combates seguían allá trabados con mucho encono. Porque sucedió, cuando más comprometido estaba Juan Andreu Almazan, que acababan de llegarle grandes refuerzos de Torreón, con los cuales intentaba romper la línea que Aguirre Benavides le tenía puesta para cercarlo.
Trinidad Rodríguez, que por aquella hora llegó de Sacramento con dos balazos en el cuerpo, me hablaba así sus palabras:
?Siento las heridas, mi general, que me apartan del combate, pero más me aqueja el duro castigo que está resintiendo mi brigada. Cuando así sea, no me mire como mal vaticinio. Tal como se presenta la lucha, no pasará el día de hoy sin que aquella plaza nos pertenezca.
Y me confirmaba aquellas noticias Máximo García, a quien también trajeron de allá, en más grave estado que el otro, pues venía con un balazo en el vientre.
O sea, que mirando yo, por los heridos que me llegaban, cómo no era fácil la hazaña de Eugenio Aguirre Benavides, veía también, por lo que me decían ellos, que la dicha hazaña se con sumaría.

Salí para Santa Clara con buen conocimiento de los efectivos federales, aunque no tan bien informado tocante a sus posiciones. Sabía yo que con Refugio Velasco, que había puesto en Gómez Palacio su cuartel general, estaban los generales Ricardo Peña, Eduardo Ocaranza y Benjamín Argumedo, tres hombres de gran de valor, y que otro hombre de la misma ley para las ocurrencias militares, nombrado Federico Reyna, seguía allí al frente de sus fuerzas voluntarias. Los soldados enemigos, entre federales y traidores, no bajaban de diez mil. Tenían doce cañones, con enorme provisión de granadas. Tenían mucha cantidad de bastimento. Tenían ametralladoras emplazadas en fortificaciones de obra permanente. Y confirmaban mis noticias que Velasco disponía, en muy grande número, de muy buenos oficiales para el manejo de sus cañones.
Llegando yo, dicté las órdenes para el ataque a Gómez Palacio. Allí era el punto donde el enemigo, que se replegaba delante de mi avance, había reconcentrado toda su izquierda y todo su centro, para lo cual acababa de destruir la vía al sur de Noé, estación de ese nombre, hacia donde mis trenes se acercaban. Las órdenes mías contenían esto: el ala derecha, formada por las fuerzas de Maclovio Herrera y Toribio Ortega, avanzaría en línea de tiradores en un frente de cinco kilómetros; mi centro, formado por la artillería y los dos batallones que acababa yo de organizar en Bermejillo y que había puesto bajo el mando del teniente coronel Santiago Ramírez, seguiría la línea del ferrocarril; mi ala izquierda, compuesta de la Brigada Villa y la Brigada Juárez de Durango, avanzaría también en formación de tiradores en otro frente de cinco kilómetros. Mandé, además, que los trenes del cuartel general, los del servicio sanitario y los de provisiones hicieran alto en Noé mientras se reparaba la vía. Dispuse también que conforme estuviéramos a cuatro kilómetros de la población todas las tropas desmontaran, para encadenar la caballada, y que ya de infantería, seguiríamos el avance al amparo de nuestros cañones.
A las seis de aquella tarde divisamos el enemigo en las afueras de la ciudad; vimos cómo se acogía a las defensas que tenía preparadas. Y lo que sucedió fue que, retrasada en una hora par te de nuestra marcha, la artillería enemiga abrió el fuego desde lugares ocultos y antes de que la nuestra pudiera funcionar de acuerdo con mis órdenes; y encendiéndose con eso el ánimo de todas las tropas, no fue posible contenerlas, sino que se me soltaron de la mano en su impaciencia de emprender el ataque. De este modo, sin desmontar ni esperar nuevas providencias, y primero al trote, luego al galope y luego a toda rienda, los hombres de mis brigadas se lanzaron en asalto como de frenesí, el cual los llevó, bajo el fuego de los cañones y las ametralladoras enemigas, hasta las primeras casas de Gómez Palacio.
Se entabló entonces una pelea encarnizada que les hacía bajas a ellos, pero que más bajas nos causaba a nosotros, porque íbamos en avance descubierto y porque muchos de los soldados de mi centro, mal conocedores de la guerra, pero con el impulso de su furor, no obedecían siquiera las órdenes de espaciarse. La primera granada federal mató aquella tarde a Abdón Pérez, el pagador que había dejado oculto en Torreón el oro de su pagaduría. La segunda granada hirió a Saúl Navarro, teniente coronel de la Brigada Villa, y a varios de los soldados que iban cerca de él. Pero en verdad que, aumentando a cada momento las bajas que nos causaban los enemigos, pues eran muy certeros sus fuegos y de direcciones muy bien concertadas, más recrecía el combate, por el mucho ánimo de pelea en que andaba arrebatada mi gente. Mirándola, consideraba yo entre mí: "En los planes de la guerra tantos trastornos puede causar el mucho valor como la mucha cobardía." Y me enajenaba de cólera viendo cómo nuestros cañones no podían siquiera disparar, pues parte de mis mucha chitos, en su inocencia, andaban ya metidos entre las casas, lo que malograba los blancos de las piezas nuestras.
En aquella primera peripecia mi centro y mis dos alas su frieron setenta muertos y cerca de doscientos heridos, y más muertos todavía, y más heridos, nos hicieron los enemigos en los combates de la noche. Esto ultimo sucedió porque las fuerzas de Maclovio Herrera, y él mismo con su estado mayor, quisieron echarse tanto sobre el enemigo, que sufrieron por varias horas los cañonazos que les mandaban desde el cerro nombrado de la Pila. Y como aquélla es una buena defensa natural de Gómez Palacio, y como los disparos del dicho fuego venían dirigidos con mucha pericia, las fuerzas de Maclovio se hallaron en graves aprietos. Lo dejaron a él sin caballo y casi le acabaron su estado mayor, cuyos oficiales le mataban, o se los herían.
Nació de allí que a la mañana de otro día siguiente la pelea se propagase tan dura como a las pocas horas de empezarla. Nuestros muertos no bajaban de 125 y nuestros heridos de 315, entre éstos, de modo grave, un teniente coronel apellidado Triana, jefe del estado mayor de Maclovio Herrera. Mas también es verdad que ya para esa hora el general Ángeles había emplazado nuestra
artillería en San Ignacio, el cerro, de ese nombre, que allí se encuentra a la derecha del Ferrocarril Central, más abajo del Vergel. Allí tenía varias baterías al mando de Martiniano Servín, más otra mandada por Manuel García Santibáñez, y él mismo ordenaba los disparos de otros cañones puestos más cerca del enemigo por el lado izquierdo de la dicha vía.
Yo comprendí entonces que eran muy poderosas las posiciones enemigas de Gómez Palacio, por lo cual llamé a Maclovio Herrera y le dije:
?Señor general, mientras nosotros sostenemos aquí este frente y nuestra artillería bombardea el cerro de la Pila, la Jabonera, la Casa Redonda y las posiciones atrincheradas del norte de la ciudad, alargue usted su línea por la derecha hasta atacar Ciudad Lerdo y tomarla.
Y Maclovio Herrera, sin ignorar que aquella maniobra iba a resultarle muy peligrosa, encadenó su caballada al pie del cerro de San Ignacio y salió al cumplimiento de mis órdenes con grande valor. Pero sucedió que al dictar yo la dicha providencia me engañé. Porque el fuego de nuestros cañones, siendo certero, no lograba contener el del enemigo, y la acción de mi centro, que yo mismo dirigía, no estorbaba ninguno de aquellos movimientos. De modo que salieron ellos al ataque de Maclovio, en lugar de esperarlo, y avanzaron en número de fuerzas superior a las que él llevaba, y yo vi y comprendí cómo salían con ánimo de flanquearlo y desbaratarlo, y cómo buscaban echársenos en cima con grave peligro para toda nuestra artillería. Entonces, tratando yo de reparar mi yerro, y de hacer posible que Maclovio fuera al cumplimiento de mis órdenes, no pensé en más, sino que me eché sobre la caballería enemiga, seguido de Jesús Ríos y toda mi escolta; y fue mi carga de tanto furor que no nos detuvieron las balas en que quisieron envolvernos, ni nos pararon sus embarazos, sino que llegamos hasta donde aquellas fuerzas estaban, y las desbaratamos, y las hicimos huir en dispersión, con lo cual desapareció el riesgo que nos amagaba y se consiguió que Maclovio Herrera se acercara a Ciudad Lerdo en busca de buenas posiciones.
En aquella carga, según luego se dijo, murió Federico Reyna, el coronel de que antes hablo como jefe de los voluntarios huertistas. ¿Y cómo no, señor, si fue encuentro de mucha mortandad, en que esperaron ellos con todo valor el golpe de nuestra arremetida, y si tanto se expusieron allí a morir los jefes y oficiales, como los soldados de tropa? Según yo creo, nuestra carga dio un espectáculo digno de verse, y fue de honra haber formado parte de ella, porque paralizamos en su acción amenazadora al ejército enemigo, que ahora aprendería a medirse más en sus pasos.
Que así fuera o no fuera, los combates de toda la mañana siguieron muy encarnizados; y como me pareciese entonces que al enemigo le llegaban refuerzos por aquel frente, ordené el repliegue de mis líneas hasta el Vergel. Pensaba yo: "Hay que esperar la noche para que Maclovio se apodere de Lerdo. Hay que aguardar a que se resuelva la acción de Sacramento y a que vengan en mi ayuda las tropas de Aguirre Benavides y Rosalío Hernández."
Yendo en nuestra retirada, vi un jovencito que seguía a pie el paso de mi caballo. Ahogaba tanto el calor y se sentía tanta la sed de la batalla, que me compadecí de él. Yo le dije:
?¿Y usted quién es, muchachito?
El me contesta:
?Soy el mayor Gustavo Bazán, mi general.
?¿Cuáles son sus fuerzas?
?Pertenezco a las de mi general Felipe Ángeles, mi general,
?¡Señor! ¿y por qué viene usted aquí?
?Llegué de Sonora esta mañana para incorporarme en el Vergel, mi general.
?¿Y por qué no se incorporó usted allí con la artillería?
?Porque supe que mi general Ángeles andaba en el frente reconociendo las líneas, y mi deber me mandaba presentármele.
Seguro yo de que aquello era verdad, pues muy cerca de nosotros venía Felipe Ángeles, le dije al mayor Gustavo Bazán:
?Muy bien, muchachito. No se fatigue tanto, ya que ha cumplido con el deber. Si tiene piernas, brinque a las ancas de mi caballo, para que yo lo lleve.
Y frené allí mismo, y le di ocasión de que montara.
A poco de efectuar nosotros aquella reconcentración sobre el Vergel, recibí noticias de que Sacramento estaba ya en nuestras manos, y de que el grueso de las brigadas Zaragoza, Hernández, Cuauhtémoc, Madero y Guadalupe Victoria venían a incorporárseme.
En Sacramento el enemigo acababa de tener cerca de 300 bajas, más 40 hombres que armados y pertrechados se pasaron a nuestras filas. A nosotros nos había costado aquella acción 50 muertos, entre ellos el teniente coronel Cipriano Puente, y 100 heridos. Y como en su huida quiso el enemigo hacerse fuerte en el Porvenir, punto que así se nombra en la línea de Torreón a Monterrey, de nuevo lo habían derrotado allí los nuestros, y le habían quitado sus tres trenes de provisiones, y lo habían obligado a dispersarse rumbo a Gómez Palacio. Aguirre Benavides destruyó entonces la vía del ferrocarril desde Jameson hasta San Pedro de las Colonias y dispuso que uno de sus coroneles, de nombre Toribio V. de los Santos, ocupara con su regimiento San Pedro de las Colonias y luego siguiera hasta Hipólito aquella destrucción, para cerrar así el paso a los refuerzos que de Monterrey podían llegarle al enemigo.
Ese mismo día al anochecer acamparon en Jameson las fuerzas de Eugenio Aguirre Benavides. Yo le mandé con un oficial órdenes de que se me incorporara en mi campamento a la mañana de otro día siguiente. Le envié también, para él y su brigada, y para don Rosalío y la suya, más las otras fuerzas que con ellos habían combatido, las palabras de mi cariño y de mi aplauso. Les decía yo: "Esas tropas han consumado con el valor y la pericia de los verdaderos hombres militares toda la extensión de mis providencias. Su hazaña nos permite seguir el desarrollo de nuestros planes."
Y cuando todavía saboreaba yo aquel regocijo, en horas de la noche me llegó el informe de que las fuerzas de mi extrema derecha, al mando de Maclovio Herrera, acababan de asaltar y tomar, con ímpetu incontenible, Ciudad Lerdo, que era el otro triunfo que yo necesitaba.
Nos amaneció el 24 de marzo en nuestro campamento del Vergel, entregado yo a la reorganización de la gente para lanzar la a nuevo ataque. El general Ángeles, que me ayudaba en mis planes, había dispuesto, con mi aprobación, que también la artillería se reconcentrara, para de allí destinarla a mejores posiciones.
Cerca de las ocho de aquella mañana se me incorporaron los 3,500 hombres de Aguirre Benavides y Rosalío Hernández. Poco después se me presentó Maclovio Herrera con el parte de sus hechos durante la pelea del día anterior. Lo felicité con muy buen cariño; le dije cuánto apreciaba su conducta y la de sus tropas. A seguidas le añadí estas palabras:
?Por ahora, señor general, tenemos quedo al enemigo. Mire nomás cómo parece esperar en sosiego el ataque que hemos de hacerle esta noche, o la de mañana.
Lo cual era muy grande verdad. Porque mientras nuestros trenes seguían ocupados en la reparación de la vía, miraba yo cómo los soldados enemigos andaban levantando el campo de los combates del día anterior.
Mediando la mañana, el enemigo intentó cañonearnos. Lo hacía con el hincapié de estorbar nuestra reparación, pero, según yo creo, con el verdadero ánimo de que mi artillería, contestando le, descubriera sus nuevos emplazamientos. No les respondimos nosotros, conscientes de que aquel fuego no nos molestaba; y aunque nos molestara, nuestros cañones, a la distancia a que los teníamos, casi nada hubieran podido hacer a cambio de revelar sus posiciones. Pero como poco después, muy envalentonados ellos por nuestra inacción, así indispensable que por ninguna parte recibiera alivio ni refuerzos. Lo cual sí estaba yo seguro de conseguir, pues a la in comunicación de aquellas tropas con el centro de la República, según ya estaban al comienzo de nuestras operaciones, acababa de añadirse la incomunicación con Monterrey, y ahora nos disponíamos a procurar la incomunicación con Parras y Saltillo.
dieron señales de prepararse para otra salida, moví mi escolta, más 500 hombres de Aguirre Benavides, y así reforcé mi frente y logré que el enemigo se mantuviera quieto.
Eran muy grandes las dificultades de nuestro ataque, y urgente la necesidad de conducirlo conforme a un plan concertado. Re uní, pues, en junta a mis generales y les dije:
"Señores, sienten ustedes cómo se nos presenta escabrosa esta acción. Son muy fuertes las posiciones enemigas de Gómez Palacio. Su artillería, por la buena calidad de los proyectiles, su pera los estragos de la nuestra. Se acogen ellos al abrigo de posiciones fortificadas, mientras que nosotros, sin ningún amparo en las llanuras del plan, recibimos en el pecho el fuego de sus cañones y ametralladoras. Conviene, señores, según yo creo, que todos expresemos aquí nuestro parecer, y que todos quedemos de una sola opinión tocante a las providencias que han de des arrollarse para que nuestro propósito se logre con la menor mortandad posible."
Se convino entonces lo principal de las disposiciones, que fueron así: orden para que el general Domingo Arríeta acudiera en nuestra ayuda con las fuerzas que tenía en Santiago Papasquiaro; orden para que los generales Calixto Contreras y Severino Ceniceros se movieran de Pedriceña, donde estaban con su gente, hasta Aviles; orden para que el general José Isabel Robles, que se hallaba en Durango, acercara su brigada, acampada en Picardías, hasta la Perla; orden para que el segundo jefe de aquellas tropas levantara la vía entre Parras y Torreón, y así cerrar también por aquella parte las comunicaciones enemigas.
Porque comprendía yo, estimando la fortaleza de las posiciones de Velasco, cómo lo principal para nosotros era encerrarlo y debilitarlo en Torreón, de modo que lo agotaran allí el cansancio de sus soldados y el gasto de sus provisiones, y cómo era así indispensable que por ninguna parte recibiera alivio ni refuerzos. Lo cual sí estaba yo seguro de conseguir, pues a la in comunicación de aquellas tropas con el centro de la República, según ya estaban al comienzo de nuestras operaciones, acababa de añadirse la incomunicación con Monterrey, y ahora nos disponíamos a procurar la incomunicación con Parras y Saltillo.

 
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