CAPITULO XVII
     
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CAPITULO XVII

   
 
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EN ASALTOS DE MAGNITUD EXTRAORDINARIA, PANCHO VlLLA ARREBATA A JOSÉ REFUGIO VELASCO LA MITAD DEL CERRO DE LA PILA.
Toda aquella tarde y toda la mañana de otro día siguiente nos contemplamos nosotros y el enemigo en observación de mucha calma. Ni ellos se agitaban con nuestros tiroteos, ni nos agitábamos nosotros con los suyos. Es mi parecer que el enemigo se entregaba a la fortificación de sus posiciones y a recoger sus heridos. Yo seguía recogiendo todos los heridos nuestros, o más bien dicho, los seguía poniendo en trenes que los llevaban a mis hospitales de Jiménez, Santa Rosalía y Chihuahua. Porque aquel servicio había prosperado tanto en manos del doctor Andrés Villarreal, que era como de milagro la recogida de todos los hombres nuestros que caían y su traslado al Norte en buenos trenes de ambulancia, donde recibían cura y medicinas. Creo yo que aquel doctor que indico era un grande organizador de ambulancias para las necesidades de la guerra.
íbamos también, al amparo de la quietud, emplazando nuestra artillería en posiciones donde nos valiera más que durante los dos primeros días de la batalla.
Me decía Felipe Ángeles:
-Para que nuestros cañones nos sirvan tendremos que acercarlos mucho, mi general. Hemos de llevarlos tan adentro que las balas de fusil nos taladren las corazas.
Le preguntaba yo:
-¿Y eso cuándo, señor general?
El me contestaba:
-Cuando les quitemos a ellos el cerro de la Pila.
Entonces le dije:
-Pues viva seguro, señor, que esta misma noche le tomo a usted el cerro de la Pila, o descalabro tanto aquellas fortificaciones, que podrá usted darme con la artillería toda la ayuda de sus conocimientos.
A lo que él me contestó, acaso por modestia:
-No será mucha ayuda, mi general. Además, vienen muy imperfectos los proyectiles de nuestros cañones y no todos los servidores de las piezas están ya bastante adiestrados.
Según el contenido de mi consigna, el ataque se haría de la manera siguiente:
La derecha, formada por las brigadas Villa y Benito Juárez, avanzaría hasta desbaratar el frente enemigo entre Gómez Palacio y Lerdo: su misión principal sería el asalto y toma del cerro de la Pila. El centro, formado por las brigadas González Ortega y Guadalupe Victoria, se movería sobre Gómez Palacio a uno y otro lado del Ferrocarril Central: su misión sería proteger las maniobras de la artillería hasta puntos desde donde nuestros cañones causaran grande estrago, y atraer con ataques vigorosos parte de los fuegos enemigos, en beneficio de la acción de la derecha. La izquierda, formada por las brigadas Hernández y Zaragoza, iría contra Gómez Palacio desde el oriente: su misión sería consumar la obra de la batalla, la cual debía acabar con la toma de la dicha población cuando todos, libres ya de los fuegos de la Pila, pudiéramos echarnos encima de los tres frentes enemigos.
Como la reparación del ferrocarril, a lo que indico antes, era obra que ni por un momento habíamos dejado en suspenso, a las tres de aquella tarde hice que avanzara nuestro primer tren explorador. Aquel tren nuestro empezó a granjearse los cañonazos que en balde le mandaban los federales desde que lo vieron llegar a distancia de tres kilómetros. Sería eso entre cuatro y cuatro y media, conforme nuestras fuerzas iban adelantando su línea en disposición del ataque, y al mismo tiempo que el Niño, desde su plataforma, les mandaba a ellos disparos que sí hacían blanco en el cerro de la Pila.
A las cinco, recreciendo ya la pelea, se me presenta el general Tomás Urbina con 160 hombres de escolta. Como antes dije, venía él a darme su auxilio desde las Nieves, al frente de sus dos
mil hombres, que en mucho número se le habían adelantado y en parte lo seguían. Al saludarlo yo, le expreso mi pensamiento, diciéndole:
?Compadre, ve usted cómo progresa esta batalla. Dé a mi derecha el apoyo de su consejo y su valor, y acumule allí cuan tas fuerzas suyas pueda, para el asalto y toma del cerro de la Pila, que es posición desde donde el enemigo nos agobia.
Me contesta él:
-Sí, compadre, que nomás en su auxilio vengo, como usted confirmará.
Y a seguidas se fue. sin pérdida de tiempo en otras expresiones, al cumplimiento de su deber, que era el mismo que ya tenía yo encomendado a las fuerzas de José Rodríguez y a las de Maclovio Herrera.
Conforme oscurecía, y ya muy generalizada la acción, llegó también a presentárseme el general Severino Ceniceros, que venía escoltado por doscientos hombres. Le pregunto que dónde está el resto de su fuerza. Me dice que ya avanza por Aviles. Le pregunto que por qué no parece Calixto Contreras. Me dice que allí viene ya, y que con su gente hará su entrada por Ciudad Lerdo. Yo entonces le añado:
-Muy bien, señor general. Pues apoye usted conmigo la acción de mi centro y haga muestra de todo su valor, y del valor de todos sus hombres, porque se está atrasando demasiado el avance de mi izquierda, y eso, si el sacrificio de los que aquí es tamos no alcanza a componerlo, acaso nos malogre todo el ata que.
Lo cual le dije porque era verdad. Sin saber yo por qué, las tropas de Rosalío Hernández y Aguirre Benavides no daban señales de vida por el oriente de Gómez Palacio, sector que tenían señalado. O sea, que mi ánimo empezaba a ensombrecerse con el vaticinio de que aquellas tropas llegarían cuando su acción ya no pudiera entrar en concierto con la nuestra.
Tenía yo en mi frente de la derecha más de 4,200 hombres. Tenía yo en mi frente del Centro más de 2,500 hombres. Tenía yo en mi frente de la izquierda más de 2,300 hombres. Recreció el combate, íbamos dominando, aunque con muchas pérdidas, todas las peripecias de la batalla. Al amparo de las sombras nuestra artillería había avanzado sus emplazamientos hasta puntos desde donde, según los cálculos de Felipe Ángeles, nuestro bombardeo era de eficacia grande. Yo veía que las baterías mandadas por García Santibáñez lograban sus blancos sobre el cerro de la Pila, y otros cañones, colocados más cerca de Gómez Palacio, a la izquierda y a la derecha de la vía, apoyaban con su fuego la acción de la gente de Toribio Ortega y Miguel González, que por allí avanzaban.
Alerta yo a la necesidad de que mi ataque de aquella noche a Gómez Palacio no se malograra como el ataque anterior, no desamparaba un punto los frentes de la batalla. Los recorría todos, seguido de mis oficiales, de Luisito y de mi escolta. El general Ángeles tan pronto andaba también conmigo, tan pronto se iba a la vigilancia de sus cañones. Y como cuando se acercaba a mí le expresaba yo el curso de mis providencias, que él siempre aprobaba, y él me declaraba la razón de las suyas, que encontraba yo buenas, o me pedía mi opinión, o me daba su consejo, veía yo claro cómo los dos éramos hombres de un solo parecer y cómo nos hablábamos con grande lealtad y franqueza. Por que si algo suyo no me parecía a mí bien, no se lo disimulaba, aunque con palabras de estima, y si en algo mío encontraba él yerro, no escondía sus palabras para remediarlo.
Serían las nueve de aquella noche cuando los hombres de Maclovio, de Urbina y de Rodríguez empezaron a echarse sobre el cerro de la Pila. Apoyados como estaban por la fuerte acción de mi centro y de la extrema derecha, más el bombardeo de nuestra artillería, su avance franqueó todos los embarazos en la parte de la llanura. Veía yo en la oscuridad cómo las luces de su fuego se acercaban a las del enemigo, y cómo las llamaradas de los otros no conseguían apagar las luces nuestras. Mas es lo cierto que, conforme las líneas de aquellos hombres míos, grandes en el alarde de su valor, iniciaron la ascensión del dicho cerro, ya no fue seguro su movimiento, ni tan uniforme: parecía quebrar se, o contenerse; parecía perder trechos del terreno conquistado, y recobrarlos luego.
Pensaba yo entre mí:
"¿Y cómo no ha de sufrir retraso el empuje de aquellos muchachitos míos, si van a pecho franco en una línea de mil metros, para ellos que son dos mil? Palmo de terreno que conquistan, palmo de terreno que están barriendo las ametralladoras, y los fusiles, y los cañones."
Y así era de verdad. Sobrecogía el ánimo la llamarada de los cinco fortines artillados que los federales tenían en lo alto del dicho cerro, y se presentía sin duda, por el constante luminar de las trincheras, que aquellas posiciones estaban defendidas por soldados de pericia y valor, a los cuales apoyaba y alentaba en su resistencia, aumentando todo aquel grande estruendo, y propagando todas aquellas luminarias, el cañoneo de Santa Rosa, y las ametralladoras y cañones que nos mandaban su lumbre desde las orillas de Gómez Palacio. ¡Señor, se necesitaban hombres de mucha ley para ir al asalto de aquellas posiciones! ¡Era honroso tomar parte en aquella batalla, y más honroso todavía haber llegado a reunir el ejército de hombres libres que estaban peleando! Para mi recuerdo, tan fuerte y sin pausa era el fuego enemigo, que ni un instante consiguió la noche borrar de frente a mis ojos el cerro de la Pila. Desde lo alto de la cumbre los cañones federales alumbraban con su luz; pero todavía se acrecentaba más la iluminación de los resplandores por las llamaradas de nuestras gran nadas y nuestras bombas.
Recorriendo yo en aquellos momentos un trecho de la línea colocada al norte, encontré con que un grupo de hombres nuestros marchaba rumbo a la retaguardia. Mi escolta les marca el alto y los trae delante de mí. Yo les pregunto que quiénes son. Me dicen que son de las fuerzas de Toribio Ortega. Les pregunto entonces que a dónde van. Me dicen que vienen a buscarme. Les pregunto que para qué. Me dicen que para pedirme artillería, porque traen consigna de que se necesita para batir la Jabonera, de donde ya va saliendo el enemigo.
Al instante tomé yo por buenas aquellas palabras, y dejándome llevar de mis impulsos no aclaré si de cierto nuestras tropas dominaban ya el punto para el cual aquellos hombres andaban en demanda de artillería. O sea, que sin más me acerqué a una batería que por allí teníamos emplazada y ordené que dos cañones, al mando de dos oficiales, avanzaran a dar su apoyo contra la Jabonera.
Uno de aquellos oficiales, nombrado Gonzalitos, era muchacho de la confianza de Felipe Ángeles. El otro, llamado Bazán, era el mismo muchachito, también de la confianza de Ángeles, que yo había recogido sobre mi caballo la mañana de nuestro repliegue hasta el Vergel. Los dos salieron luego al cumplimiento de mis disposiciones.
Pero sucedió, según luego supe, que aquellos hombres que se retiraban me habían engañado, pues no era verdad que el enemigo estuviera desalojando la Jabonera, ni que el avance de nuestra línea por aquella parte permitiera el adelanto de la artillería. De modo que los dichos oficiales Gonzalitos y Bazán, con todo el empuje de su grande arrojo no prosperaron en su empeño de irse acercando a las posiciones a donde yo los había mandado. A cada paso los recibían con descargas que les mataban las bestias o les herían los artilleros.
Quiso la suerte, conforme me alejaba del lugar de aquella ocurrencia, que se me apareciera el general Ángeles, al cual comuniqué lo que acababa yo de ordenar, y el cual me dijo, por venir de los puntos inmediatos hacia donde avanzaban los cañones, cómo no era posible conseguir el dicho avance sin el despliegue de sostenes numerosos. Es decir, que dispuse en el acto que él mismo ordenara el retiro de las dos piezas artilleras. Pero consciente también del riesgo en que las había yo puesto, y cómo había mandado a la muerte a Gonzalitos y a Bazán, y a los soldados que los acompañaban, decidí entre mí: "Cuando mucho se escondan debajo de toda la división los hombres que me engañaron, yo los reconoceré por la mirada de sus ojos, y mandaré que aquí mismo los encaren con la falsedad de sus palabras y los fusilen."
Mediarían las nueve de la noche cuando las fuerzas asaltantes del cerro de la Pila ya habían conseguido llegar a muy poca distancia de los fortines de la cumbre. Lo hicieron ellas mediante el manejo de las bombas y por el estrago que causaba entre los enemigos la artillería de García Santibáñez. Recreció entonces el combate en toda la extensión del frente, menos por la izquierda. Allí la falta de las brigadas Zaragoza y Hernández dejaba respiro a los defensores, y les consentía retirar fuerza y atención en beneficio de las dos líneas por donde los atacábamos.
A mi juicio, sentían ellos, igual que lo entendíamos nosotros, cómo se cobijaba debajo de la acción del cerro la suerte de todo Gómez Palacio. Ellos morían allí por conservar sus posiciones; nosotros caíamos por arrebatárselas. Y mientras la pelea progresaba en el cerro, todas las fuerzas suyas y todas las fuerzas nuestras, ansiosas delante de los altibajos de la acción, peleaban con grande furia bajo las luminarias de los fortines, y hacían lucha sobrecargada de estrépitos y resplandores.
Era aquella la función de armas más enconada que hasta entonces habían mirado mis ojos. Tal como había yo concertado el asalto, así se estaba desenvolviendo; tal como crecía el ene migo en su resistencia, así aumentaba en su ardor el ataque de aquellos soldados míos. Y es lo cierto que, considerando yo cómo sucumbían allí en su amor por el bien del pueblo muchos buenos hombres revolucionarios, y cómo caían bajo su propia injusticia los defensores de la Usurpación, también reflexionaba cómo es panorama digno de contemplarse el de la lucha de los hombres del bien cuando van venciendo a los del mal.
Y sucedió, hora y media después de empezado aquel asalto, que los hombres de Maclovio, de Urbina, de Rodríguez alcanza ron lo más enhiesto del cerro, con lo cual, ya en la cumbre, siguió una pelea de mucha carnicería, según luego vine a saber. Porque de pecho mis muchachitos contra las ametralladoras enemigas, y contra fuerzas atrincheradas que les cerraban el paso, llegaban ellos hasta desarmar a los contrarios a través de las aspille ras, y tomaban a sangre y fuego cuanto les quedaba al alcance de sus bombas.
No fue en balde tanta mortandad, ni les sirvió a las fuerzas usurpadoras hacer defensa tan heroica que allí cayeran muertos o heridos sus principales jefes, y que perdieran centenares de sus soldados. Porque a las diez y media de aquella noche, 25 de marzo de 1914, vinieron a nuestro poder dos de las cinco posiciones fortificadas que el enemigo había levantado en el cerro de la Pila. Sabedor de ello, y estimando la magnitud de nuestro triunfo, José Refugio Velasco. según después supe, mandó fusilar entonces a quienes tuvo por responsables.
Es decir, que desde aquella hora fuimos los dueños de la mitad del cerro. Y como eso nos dio cabal dominio de toda la izquierda enemiga, o lo que es igual, de la derecha de nosotros, tomé mis providencias para consumar el triunfo.
Llamé a Maclovio Herrera y le dije:
-Señor general, en la capacidad de su extrema derecha para desconcertar el enemigo que protege la línea entre Gómez Palacio y Lerdo está ahora lo principal de esta victoria. Viva seguro que si lo consigue, y si Aguirre Benavides y Rosalío Hernández, llegando todavía a tiempo, no me fallan, al amanecer el día Gómez Palacio es nuestro.
Maclovio Herrera salió sin tardanza al cumplimiento de aquel deber y ejecutó en poco tiempo la providencia que yo le mandaba: desbarató las fuerzas enemigas tendidas hasta Ciudad Lerdo; las obligó a refugiarse en Gómez Palacio. Y entonces, con ese nuevo triunfo, arreciamos nosotros nuestros fuegos sobre los de más fortines de la Pila, y arreciamos el ataque sobre la Jabonera, y sobre la Casa Redonda, y sobre las casas del norte de la población. De modo que durante más de dos horas nos sostuvimos así sin aflojar en nuestro empuje, esperando que por el oriente llegaran las brigadas de Hernández y Zaragoza. Mas como no sucedió eso hasta la una de la madrugada, cuando aquellas fuerzas empezaron su acción ya la derecha se hallaba agotada, y el centro, aunque menos castigado que la derecha, no se bastó en su esfuerzo para secundar hasta el triunfo las arremetidas de la izquierda.
Me revolvía yo de cólera al ver cómo se malograba así en parte el fruto de nuestras armas, aunque sin decidir en verdad si la culpa de aquel retraso debía achacarse a Hernández y Benavides, que por no perder el contacto en su rodeo habían hecho marcha de grande lentitud, o si era culpa mía, que no imaginé a tiempo que la dicha lentitud ocurriera. Así es la regla de los deberes mi litares: incumbe al jefe adivinar toda eventualidad de razón que pueda hallar en su obediencia el subordinado, y no es responsable el que obedece si, dentro de lo que se le presenta, cumple en lo posible las órdenes de su jefe.

 
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