CAPITULO XVIII
     
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CAPITULO XVIII

   
 
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DESPUÉS DE UNA DEFENSA TENAZ Y HEROICA, LOS FEDERALES ENTREGAN GÓMEZ PALACIO A LAS TROPAS DE PANCHO VILLA
Otro día siguiente, a horas de la madrugada, recibí noticia de que los 2,000 hombres de Calixto Contreras ya habían pasado de Aviles. Dispuse que luego luego se les municionara y ordené al dicho general que avanzara con ellos hasta darnos su ayuda para la toma de la otra mitad del cerro de la Pila.
Empezó a clarear. Mandé poner ahínco en la reparación de la vía del ferrocarril, en lo cual nos acercábamos ya hasta los terrenos de la estación de Gómez Palacio. Los federales, con ánimo de alejarnos de la obra, y también para protegerse contra el Niño y el Chavalito, que yo mandaba adelantar conforme la di cha reparación se hacía, nos estorbaban por allí con sus cañones.
Muy temprano aquella mañana, recreció el combate en lo alto del cerro, y momentos después de volverse a encender mostró proporciones de grande furia. Comprendí entonces que el ene migo, en su conciencia del grave peligro que lo amagaba si llegábamos a quitarle toda aquella posición, estaba acumulando allí lo más de sus elementos, y preví que venía dispuesto a recobrar a la luz del sol lo que nosotros le habíamos quitado entre las sombras de la noche. Y si aquello era así, no hallaba yo las providencias que pudiéramos tomar, pues habiéndose malogrado el completo fruto de nuestra acción de la noche por el atraso de las brigadas Hernández y Zaragoza, y no estando todavía en el campo de batalla las fuerzas de José Isabel Robles, ni teniendo yo siquiera noticias del auxilio que los hermanos Arrieta vinieran a darme en contestación a la urgencia de mis muchas órdenes y mis muchos ruegos, me acogía al solo recurso de apresurar en su marcha la gente de Calixto Contreras. Porque en aquel trance nada me socorrería tanto como el refuerzo de mis ataques por otros frentes, para que teniendo el enemigo que acudir a todos lados, aflojara en la resistencia que encontrábamos en el cerro.
Y sucedió que no llegaron los auxilios con la prontitud que yo necesitaba, por lo que tuvimos que aprontar para aquella nueva lucha el resto del vigor de nuestros empeños de la noche, sólo que ahora con la desventaja de poder el enemigo cañonear nos mejor con los fuegos de su buena artillería.
No por eso les resultó a ellos fácil su acción, antes al intentarla se lanzaron al peligro de muy grandes carnicerías. Venían los usurpadores al asalto de los fortines que les habíamos ganado, y los afrontaban mis hombres con todas sus armas, desde las alturas del cerro y desde las laderas. Y como se propagara entonces la pelea a todas las líneas, acabó trabándose una batalla casi tan fuerte como la de la noche anterior, y en la cual ellos, por que dar nosotros ahora al amparo de fortificaciones y trincheras que pocas horas antes habían sido suyas, llevaban el peor castigo.
Fue tan duro aquel nuevo combate por el cerro de la Pila, que de ellos cayó allí muerto, según después se supo, el general Ricardo Peña, hombre de muy grande valor, y también resultó allí herido el general Eduardo Ocaranza, otro hombre de muy buenos hechos militares.
Así seguimos por más de dos horas: asaltándonos ellos con toda la furia de su impulso, para privarnos de las posiciones ganadas; resistiéndolos nosotros, y causándoles mortandad, para convencerlos de su impotencia. Y nos combatían tan resueltos y con tan buen apoyo de su artillería, y se nos echaban sobre los fortines en columnas de tanto número, que luego comprendieron los jefes de aquellas tropas nuestras cómo la consigna de Velasco era arrojarnos del dicho cerro costara lo que costara.
Ciertos de que así era, decidieron los jefes míos, tomando un acuerdo de sabia prudencia, devolver al enemigo sus posiciones, pues no cobijaban duda de que el empeño de retenerlas los ponía en el riesgo de sepultar allí lo más pujante de sus brigadas. Y en verdad que hecho al enemigo el estrago de su conquista, mejor era dejarle entonces los fortines, para quitárselos otra vez de noche y conservarlos otro día siguiente gracias a la concertada ayuda de otras tropas, pues así no nos desangraríamos sosteniéndonos bajo el fuego de tantos cañones. Pensaba yo entre mí: "¿Y cómo no estima Velasco que son inútiles sus sacrificios, y que no resistirá el empuje con que he de quitarle esos dos fortines y todos los otros que allí tiene?"
Abandonamos, pues, la cumbre de la Pila y sus laderas, trayéndonos de allá las dos o tres ametralladoras que habíamos capturado en nuestro avance, y volvimos a bajar a la llanura las peripecias de la batalla. Pero envalentonado con esto el ene migo otra vez, o más bien dicho, dueño otra vez de la superioridad que le daba la completa posesión del cerro, de nuevo con siguió paralizar, mediante buenos disparos de su artillería, toda la acción de mi centro y de mi izquierda.
Remediaron ellos así, o creyeron remediar, las dificultades que les había traído nuestra estancia en aquellas posiciones dominantes. Empezaron a salir de los abrigos donde se amparaban. Y luego, en momento que consideraron propicio, se echaron sobre nuestro centro en ataque de caballería, que pudo comprometer la artillería mandada en persona por el general Ángeles.
Porque aquellos cañones, que Ángeles había logrado acercar durante la batalla a casi un kilómetro del enemigo, no se habían movido de allí, acaso con el buen ánimo de que sus tiros no de cayeran, o engañados sus servidores al ver cómo había yo dispuesto el refuerzo de nuestras tropas de la Pila. O sea, que se mantuvieron donde estaban, siendo que nuestras líneas del cerro ya habían retrocedido en movimiento de franco repliegue, y cuando ya mi centro y mi izquierda estaban casi sin acción. De modo que al acercarse poco después, sobre los dichos cañones, la caballería enemiga, nada pareció que los pudiera librar, salvo la retirada violenta. Y sucedió entonces que el jefe de los avantrenes, un oficial de apellido Aldama, creyó que en efecto aquello era así, y sin que nadie se lo mandara avanzó, dispuesto a enganchar las piezas, cuando ya venía la carga de la caballería enemiga, y causó con eso tan grande confusión, que un poco más y desbarata él mismo la defensa de los cañones y la acción de los sostenes.
Allí se vio cómo Felipe Ángeles era hombre de mucha ley. En cuanto notó que el enemigo se le abalanzaba, sacó de la funda su pistola, la cual le sirvió, amenazando a los que vacilaban, para que hasta el último de sus hombres se mantuviera en su puesto y para que se contuviera el movimiento de los avantrenes. Con eso, cuando la carga enemiga estaba ya encima de él, logró desviarla con sus cañones y sus fusiles, y entonces otras fuerzas nuestras lo ampararon; y desbaratada así aquella carga enemiga, Ángeles y su gente quedaron dueños del campo de su hazaña.
Mas todo eso me mostró claro lo muy difícil que nos sería el sostenimiento de posiciones tan avanzadas dentro del campo ene migo ; es decir, que dispuse la retirada de la artillería de Ángeles hasta el Vergel y ordené a todas las fuerzas que sólo conservaran en lo posible la disposición de sus líneas, y siempre al abrigo de los tajos.
Tocante al fondo de mi plan, mandé que el Niño y el Chavalito avanzaran al bombardeo del cerro de la Pila, porque a cada momento la reparación de la vía iba más adelantada. Así fue. Los dos cañones no tardaron mucho en lograr los blancos de sus disparos. Pero también es verdad que una batería enemiga, oculta hacia la Casa Redonda, y con fuego que nombran de elevación, encuadró tan puntualmente el campo de las dos piezas y de las cuadrillas reparadoras, que tuvimos que enmendar el dicho movimiento, para que el Chavalito y el Niño no sufrieran.
En eso estábamos cuando se me presenta el general José Isabel Robles, que venía con 40 soldados de su escolta más los oficiales de su estado mayor. Me dice él que los 1,500 hombres de su brigada estaban al llegar y que irían apareciendo por corporaciones. Dispongo yo en su presencia el municionamiento de aquellas nuevas tropas. Luego le añado:
-Compañerito, ya sé yo cómo es usted de los buenos hombres militares que protegen la causa del pueblo. Créame: estamos peleando la más dura batalla de cuantas han de presentar nos los sostenedores de Victoriano Huerta; necesitamos aquí de toda la perseverancia de nuestro mayor impulso. A este ene migo, bien pertrechado y bien afortunado, y con la muy grande ayuda de su buena oficialidad artillera, tenemos que vencerlo por la fatiga y el gasto de su bastimento. Usted y sus muchachitos han de serme de mucho auxilio, señor, si, como yo espero, vienen a mi lado propuestos a vencer o a morir.
José Isabel Robles nomás me dijo estas palabras:
?A morir venimos, mi general.
Pasadas las cuatro de aquella tarde el enemigo mostró intento de aventurarse al ataque de nuestra línea. Cuando así no fuera, entonces lo creí, viendo cómo salía de Gómez Palacio la caballería contraria y cómo avanzaba hasta ponérsenos a ochocientos metros de nuestras posiciones del centro. Y en verdad que aquello me alegró, pues era lo que más ansiaba la pasión de mi ánimo: coger aquellas tropas, o parte de ellas, lejos del amparo de sus cañones y afrontarlas en campo abierto, en el campo de la lucha igual, para combatirlas caballo a caballo y hombre a hombre, como en nuestra carga del día 23 sobre la caballería de Federico Reyna. Pero no fue así. Nos contemplaron ellos entonces, a distancia de los ochocientos metros, y luego se recogieron a su ciudad sin que en nada nos molestaran con su salida ni estorbáramos nosotros su movimiento.
Malicié entonces, por ser mucha la calma de las posiciones
enemigas, que Velasco acaso estuviera preparándose para alguna
acción secreta. Llamé a junta a mis generales. Los encendí, diciéndoles: .
"Señores, ven ustedes cómo se muestra difícil el progreso de esta batalla. Según es mi parecer, no debemos dejar que el enemigo tome aliento, sino que hemos de seguir llevándole hasta sus líneas, para nuestro beneficio, la misma dura pelea que ha tenido que sufrir estos días pasados. Porque aun cuando sus cañones son más de los doce que al principio le contábamos, y aun cuando tiene la superioridad del buen parque de artillería, más el dominio que le deparan sus buenas posiciones, como su gente es menos que la nuestra y la duración de sus recursos limitada, con la ayuda del tiempo nosotros lo venceremos. Ven ustedes cómo ya lo hemos privado de tres de sus mejores jefes. Ven ustedes cómo ya nos dejó Lerdo para dar refuerzos a su línea de Gómez Palacio. Un nuevo asalto nuestro sobre el cerro de la Pila ya no lo puede resistir, porque si otra vez pierde de noche los fortines, que los perderá, otra vez tendrá que recobrarlos a la luz del sol, y no está el número de su gente para acciones que le cuestan hasta generales. Señores, opino yo que esta noche debemos echarnos en ataque de grande furia sobre las líneas enemigas, y vivan seguros que si el corazón no nos falta ni nos desfallece, dos o tres horas después Gómez Palacio será nuestro."
Todos ellos de aquel mismo parecer, dicté yo en seguida mis providencias. Este fue el contenido de mis órdenes: por el centro, al mando del señor general Urbina, avanzarían las brigadas Morelos, Villa, Ortega y Guadalupe Victoria, más lo principal de la artillería, mandada por el señor general Ángeles; por la derecha, al mando del señor general Herrera, avanzarían
las brigadas Benito Juárez y Cuauhtémoc y parte de la brigada Juárez de Durango, con artillería mandada por el coronel Santibáñez; por la izquierda, al mando del señor general José Isabel Robles, avanzarían las brigadas Robles, Hernández y Zaragoza. Así fue. Al oscurecer de aquella tarde empezamos el movimiento ordenado, aunque yo ya tenía sospechas de lo que iba a suceder, pues mucho había crecido la calma del enemigo después de la furia con que había logrado quitarnos los fortines de la Pila. O sea, que vislumbré entonces cómo aquella hazaña de ellos no había tenido por fin recobrar para la defensa toda la dicha posición del cerro, sino que convencido Velasco de mi superioridad en hombres, y de su impotencia para resistirme en el grande frente que se había trazado, optaba ahora por acogerse al solo recinto de Torreón, y sólo había sacrificado gente, y hasta dos generales, en el recobro de los dos fortines, para que no lo desbaratara yo desde la Pila en su retirada de Gómez Palacio.
Y era ésa la verdad. Al adelantarme yo hasta la Casa Redonda, seguido de mi escolta y varios oficiales, no advertimos ningún enemigo que nos detuviera: a nuestras descargas sobre aquellas posiciones, vimos que nadie nos contestaba. Mandé que se generalizara la exploración: nadie respondió tampoco. Dispuse que con cautela se acercaran fuerzas exploradoras hasta la ciudad; hubo el mismo resultado. Y entonces se confirmaron mis sospechas de que el enemigo ya no estaba en Gómez Palacio, sino que aquella mañana había sacado de allí, según luego supe, todos sus bastimentos y provisiones, y grande número de pacas de algodón, para quedar más libre de retirar el grueso de sus fuerzas en los momentos en que su caballería, saliendo a mostrarnos el hincapié de su ataque, nos había conservado quedos en nuestras líneas.
Hicimos nosotros nuestra entrada a Gómez Palacio antes de las nueve de la noche del 26 de aquel mes de marzo. A seguidas mis brigadas empezaron a ocupar todas las posiciones abandonadas por el enemigo. No había alboroto ni trastornos en la ciudad, pero sí muestras del encono de aquella lucha de tres días, más sus noches, y eso a pesar de que Velasco había conseguido una ordenada evacuación. Estaban las calles sembradas de cadáveres de hombres y bestias, y lo mismo que las calles, los fortines, y las laderas del cerro, y todos los otros puntos de aquellas posiciones.
Conforme me retiraba yo, casi a media noche, hacia mi cuartel general del Vergel, reflexionaba entre mí:
"Dura ha sido la pelea para la toma de Lerdo y Gómez Palacio; muchos buenos revolucionarios han tenido que morir para que así progrese la causa del pueblo, y un número todavía más grande va llenando de heridos nuestros hospitales de Chihuahua. Cuando así sea, y cuando aún esté por consumarse lo principal de la obra, ya hemos dado el primer paso para nuestro triunfo definitivo en esta comarca lagunera."
Llegué al Vergel. Desde allí puse luego al señor Carranza un telegrama con la noticia de mis operaciones. El, según antes indico, venía en su travesía de Sonora a Chihuahua, y para esas fechas ya debía de hallarse cerca de Ciudad Juárez. Le decía yo:
"Señor, después de tres días y tres noches de combates, nuestras tropas son dueñas de Lerdo y Gómez Palacio. El enemigo, según creo, se ha retirado de allí por su abatimiento a causa de las fuertes peleas que le hemos dado. Nuestros heridos pasan de seiscientos; nuestros muertos, que también son en mucho número, todavía no se los puedo precisar, por andar aún revueltos los efectivos de todas las brigadas. Ya se lo comunicaré, señor, en cumplimiento de mis deberes y para que me acompañe usted en la pena de mirar delante de mí tantos revolucionarios muertos. Fue bueno el manejo de la artillería, mandada por el señor general Ángeles, el cual, como usted sabe, es muy notable persona y de muchos conocimientos tocante a la guerra. En lo más recio de la batalla estuvo la Brigada Morelos, y también la Brigada Villa. El señor general Urbina me acompañó toda la noche de ayer, que fue lo más duro de la lucha. Lo felicito, señor, por este otro triunfo de la causa del pueblo, y también lo felicitan el señor genera! Ángeles y el señor general Urbina, que aquí están conmigo."Francisco Villa."
 
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