CAPITULO XIX
     
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CAPITULO XIX

   
 
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EN SU PRIMER ASALTO A TORREÓN PANCHO VLLLA TOMA SANTA ROSA, CALABAZAS, LA POLVORERA Y EL CAÑÓN DEL HUARACHE.
Aquel cuarto día de la batalla de Torreón empezó con el avance de nuestros trenes, que yo mandé mover desde la retaguardia de mi campamento hasta la estación de Gómez Palacio. Sería eso como a las siete de la mañana, y serían como las nueve cuando aquellos trenes nuestros llegaron junto al patio de la referida estación, tras de reparar mis hombres los últimos tramos de la vía, que Velasco había mandado destruir en preparación de su fuga. Como nos embarazaban allí el camino tres locomotoras que encontramos volcadas, las tuvimos que levantar, sin saber yo ahora si tal percance había nacido de nuestros propios bombardeos, o si era también tropiezo que el enemigo nos dejaba para protegerse.
Enseguida de aquello ocupé parte de la mañana en dictar mis órdenes para la nueva distribución de las tropas y en hacer reconocimiento de las líneas federales. Era trabajo lento, por la extensión de tan grande frente, pero mucho me ayudaban mi compadre Tomás Urbina y el señor general Ángeles, que iban acompañándome en el recorrido, y también los oficiales del dicho general. Porque es lo cierto que aquellos muchachitos, aun que de años tiernos, se mostraban ya militares de pericia y hombres de juicio bastante maduro.
Me decía Felipe Ángeles:
-Los buenos oficiales de estado mayor son ojos que el que manda tiene para ver.
A lo cual yo le respondía, mirando cómo en sus palabras se transparentaba su modestia:
-Y los buenos generales, señor general, son los que iluminan al general en jefe con su consejo para el desenlace victorioso de las batallas.
Sucedió, conforme hacíamos los dichos reconocimientos, que un soldado de Aguirre Benavides se encontró un papel de los que llaman croquis, el cual vino él a entregar a Raúl Madero, y Raúl Madero vino a entregarlo a Felipe Ángeles, y como Ángeles y sus oficiales lo estudiaran, acabó por saberse que el dicho croquis era el plano de las defensas que los federales proyectaban oponernos en Torreón. Según se indicaban allí las posiciones enemigas, así íbamos descubriendo que ellos las ocupaban; según siguieron luego los actos de la batalla, a lo que después se vio, así tenían que suceder en obediencia a los trazados del dicho croquis.
Durante la comida de aquel día en Gómez Palacio, que era donde quedaba ahora mi cuartel general, nos expresarnos Ángeles y yo sobre la conveniencia de pedir a Velasco la rendición de la plaza. Volvió él a manifestarme sus pensamientos de Bermejillo, y yo que entonces le había declarado la inutilidad de esos propósitos humanitarios, desde luego opiné ahora que sí, que debíamos intimar entrega de la plaza con todos sus defensores, pues siendo tanta la tenacidad nuestra en el ataque, y tanta la gente que estaba cayendo por parte del enemigo, ya para esa hora Velasco tendría por cierto que lo venceríamos, a mucho que nos resistiera.
Le decía yo a Felipe Ángeles:
-Visto está que el enemigo, pese a su grande artillería y a sus buenas posiciones, tuvo que abandonarnos Gómez. Palacio, como se ve también que la reserva de nuestro ánimo es inagotable, mientras que la de ellos es limitada. ¡Señor!, si Velasco protegiera la causa de la legalidad, su deber sería defender su campo hasta que lo soterraran. Pero si su causa es la de la Usurpación y él mismo sabe cómo no es otra cosa, no cuadra a la con ciencia tanta mortandad en proezas que para él resultarán baldías. Lo cual opinaba yo, sabiendo, además, cómo José Refugio Velasco, en los días de la angustia del señor Madero, no había querido abandonarlo, sino que siguió reconociéndole su presidencia desde Veracruz. Así pues, le pedí a Ángeles que redactara el oficio en demanda de rendición.


Estas fueron nuestras palabras:
"Señor general José Refugio Velasco. Señor: En cumplimiento de mis deberes de revolucionario y mexicano, desde Bermejillo le pedí a usted, al comienzo de mi avance, la entrega de Gómez Palacio, asiento entonces de su cuartel general y de la más grande concentración de sus hombres. Me contestó usted que no, que eran inútiles aquellas palabras nuestras. Ahora que Gómez Palacio, mediante el valor y las hazañas de mis tropas, ya se halla en mi poder, vuelvo a expresarle mis mismos deseos: los hombres revolucionarios que yo mando, sostenedores de la legalidad, le piden la plaza de Torreón y lo exhortan a que todas las fuerzas que allí están nos rindan sus armas y municiones. No consiste el valor, señor general, en el ciego empeño de la pelea, sino en la devoción con que los buenos hombres saben morir por las buenas causas. Y cuando la causa que por azares se protege es mala, consiste el dicho valor en reconocer el yerro y en enmendarlo, en vez de llevar a la iniquidad o la muerte a los que sólo obedecen. Piense usted, señor, en la entereza de ánimo con que rechazó en Veracruz el halago de los traidores, y no deje que nuevos actos le enturbien su sentimiento del deber. Vea usted cómo acrecen día a día las filas de los defensores del pueblo. Vea cómo los pocos hombres que sólo quieren el beneficio de sus privilegios son los únicos que arropan con su codicia la causa de los usurpadores. El gobierno de Victoriano Huerta es el gobierno de la traición. Si usted, señor, en vez de reprobarlo, sigue apoyándolo, el sentimiento del pueblo no se lo perdonará: lo recordará a usted siempre junto a todos los hombres militares que ahora se hieren a muerte en su ahínco de prohijar una causa que sólo puede ser de los que dejaron el honor para hermanarse con el crimen. Le protesto, señor general, todas las formas de mi estimación. Gómez Palacio, 27 de marzo de 1914.?Francisco Villa." Así quise yo decirle a Velasco, y así le dije, dudando mucho de convencerlo, pero con el ánimo de que acaso lo conseguiría. Porque no era de ley que tanta buena gente nuestra se muriera, y tanta otra cayera entre los engaños del enemigo, cuanto más que sabía yo cómo entre aquellos hombres federales había muchos que sólo estaban sucumbiendo al mandato del deber militar. Y sucedió que el cónsul inglés de Torreón, que vino a verme a mi cuartel de Gómez Palacio, se expresó conmigo tocante a las cuestiones humanitarias, y como luego se ofreciera a poner aquel documento mío en manos de José Refugio Velasco, le acepté la oferta y con él lo mandé.
Conforme mis hombres acababan aquella tarde la recogida de los cadáveres, el enemigo se puso a cañonearnos por el lado de la estación. Algunos de sus disparos llegaban con bastante acierto, lo que nos estorbaba por allí las maniobras de las locomotoras. Nos mataron dos soldados y un oficial; nos hirieron algunos de los pobladores del pueblo, y al fin tuvimos que retirar un poco nuestros trenes para que el dicho fuego no los alcanzara. Aquel no era ningún ataque franco. El enemigo sólo buscaba impedir la nueva distribución de mis tropas, que él se imaginaba que ya estábamos disponiendo; por eso también, con el pardeo de la tarde, sus cañones de Santa Rosa empezaron a bombardear las líneas nuestras que les caían más cercanas. Era cuando las fuerzas de Calixto Contreras iban acercándose por San Curios hacia el cañón que nombran Cañón del Huarache, y cuando, más hacia la línea del sur, avanzaban también las dichas tropas rumbo al enemigo apostado en el paso de la Alianza. Tocante al resto de mi gente, no había hecho sino apretar su cerco desde Gómez Palacio hasta Lerdo, y, por la izquierda de Gomez Palacio, apretarlo hasta las arenas del Nazas, y, sobre la margen derecha del dicho río, apretarlo por el norte y el oriente de Torreón.
Creo yo que todavía entonces no salían de su cansancio las tropas enemigas, ni las tropas nuestras, por lo que ninguno de los fuegos federales pasaba entonces de su primer intento. Mas que así no fuera, sucedió que las sombras de aquella noche nos cobijaron con su calma, y sólo penetrándolas en su hondura se sentía cómo aquellos dos ejércitos descansaban en el intermedio de una acción.
Esa es la guerra y ésas sus batallas. En lo alto de la Pila se miraba el resplandor de los montones de cadáveres que mis hombres seguían quemando. Yo lo contemplaba mientras reflexionaba entre mí: "Allí luchaban antier, hasta iluminar el cielo con su furia, las armas de unos hombres que querían ganar y las de otros hombres que no querían que les ganaran. Allí arden ahora los cadáveres de muchos de esos hombres, que ni siquiera saben quiénes ganaron y quiénes perdieron. ¡Señor, qué cosa tan grande y profunda es la guerra! Hace falta la muerte de muchos semejantes para que florezca la vida de los demás, y sólo a fuerza de mucho número de muertes progresa la causa del pueblo."
Otro día siguiente, en horas de la mañana, el enemigo volvió al lujo de sus bombardeos. Nos cañoneaba desde Santa Rosa.

Nos cañoneaba desde Torreón, con piezas que parecían emplazadas hacia la calle que nombran, según es mi memoria, Calle de Ramos Arizpe. Como nada nos hacía aquel fuego, nosotros no lo contestábamos, ganosos de que siguieran ellos en el gasto de sus municiones. Comprendiéndolo así, de allí a poco el ene migo dejó de tirar, por lo que todo el resto de la mañana se nos fue en los reconocimientos que practicaba Ángeles para emplazar bien nuestra artillería. Me contaba él los resultados de sus observaciones y me daba los consejos de su pericia. Yo se los apro baba.
A mediodía de aquel día reuní en junta a mis generales y jefes de brigada. Les hablé así mis palabras:
"Compañeritos: No atiende el enemigo la petición que le hemos hecho por manos de un cónsul extranjero. Nuestra gente y nuestra caballada ya se han refrescado por cerca de dos días. Para mi consejo y parecer, ya es hora de que continuemos la batalla. Vamos a dársela a Velasco en forma que no le quede a él respiro."
Y como me expresaran todos sus opiniones, allí se concertó lo conveniente. Estas fueron nuestras providencias: las brigadas Villa y Morelos, que eran las que más habían sufrido en los dos últimos días, más las brigadas Ortega y Cuauhtémoc, juntas en número como de 4,000 hombres, quedarían de reserva; por el oriente avanzarían las brigadas de Aguirre Benavides, de Maclovio y de José Isabel Robles; por el poniente iría al ataque la gente de Calixto Contreras, con otras fuerzas de Durango y con el apoyo de la artillería de Santibáñez, emplazada en Lerdo; por el centro y norte, es decir, desde Gómez Palacio hasta el Nazas, sostendría la línea el resto de la división, con apoyo de lo más de la artillería, al mando del general Ángeles.
Tenía el enemigo fuertes posiciones artilladas en el centro y en el poniente. Por el centro nos dominaba desde el cerro de Santa Rosa. En el poniente tenía sus cañones sobre los cerros llamados de Calabazas y de la Polvorera, dominadores del cañón del Huarache y del paso de la Alianza. Además de eso, no teniendo por el oriente ninguna altura de que aprovecharse, había emplazado artillería en el corazón de la ciudad.
Serían las tres de aquella tarde, día 28 de marzo de 1914,
cuando salí a pasar revista a varias de las fracciones de mis
tropas. Serían las seis cuando nuestra artillería empezó a bombardear las posiciones enemigas. Serían las siete cuando me adelanté hacia Torreón, acompañado de Urbina, de Ríos, de mis oficiales y de Luisito, más los hombres de mi escolta, para dirigir por mí mismo el desarrollo de los combates. Serían las ocho cuando se divisaron en Torreón llamas como de incendio, las cuales, según después se supo, eran obra de los disparos de Felipe Ángeles. Serían las nueve cuando vinieron a decirme que el ene migo acababa de quemarnos un puente a la retaguardia, cerca de Noé, estación de ese nombre; y aunque comprendiera yo cómo aquello no podía ser, mandé oficiales que investigaran y destaqué fuerzas en bastante número para que toda aquella parte de la vía quedara segura. Resultó luego que la dicha lumbre provenía de unas pacas de algodón que una máquina nuestra había incendiado con sus chispas.
Cerca de las diez de la noche fueron iniciándose y recreciendo las señales de la nueva pelea. Nos cañoneaba el enemigo la Jabonera de Gómez Palacio y hacía frente por el Huarache al avance de Contreras, y por la Metalúrgica a nuestros ataques del oriente. Mando yo entonces que mis tropas de reserva se acerquen por el centro hacia Torreón, lo que acaso siente el enemigo, o se lo supone, pues entonces empieza a cañonear la orilla izquierda del río frente a Gómez Palacio.
Y aconteció a esa hora, que mientras por el centro y por el oriente progresaba sostenido el avance de nuestras líneas, por el poniente nuestras fuerzas de la derecha habían conseguido adelantar hasta la entrada del cañón del Huarache, donde tropezaron con la artillería enemiga emplazada en las laderas del dicho cañón, más con los fuegos de una pieza poderosa, que les disparaba desde el tren en que la llevaban. Allí les tocó también padecer los artificios de dinamita que los federales les habían dispuesto bajo tierra paja estorbarles el avance.
Pero es lo cierto que aun cuando entonces aquellas fuerzas del poniente tuvieron que detenerse, y que retroceder, apoyadas de allí a poco por la artillería de Santibáñez ya no fueron en avance franco hacia la entrada del cañón, sino que extendieron su ataque a los costados de las alturas, por el norte de Calabazas y el sur de la Polvorera, y por el lado de Santa Rosa que mira a Lerdo, y se echaron entonces sobre el enemigo en asalto de tan ta furia que los contrarios no lo pudieron resistir.
Aquél fue, según luego supe, encuentro de muy enconadas peripecias. Recreció la lucha por mucho tiempo en las laderas y la cumbre de Santa Rosa, mientras nos daban iluminación los combates de los otros cerros. En la Polvorera los cañones enemigos, y sus sostenes, se defendieron en choque como de dos horas, pero acabaron abandonando la posición. En Calabazas, defendido por artilleros de mucha ley, los cañones seguían disparando cuando ya los habían desamparado sus sostenes. Y al llegar allí los nuestros y tomar el recinto fortificado, y las piezas, y las ametralladoras, vieron cómo estaba muerto el capitán que las mandaba, y muertos los tenientes, y los sargentos, y grande número de los hombres de tropa.
Poco después, que sería como a las dos de la madrugada, sonó un teléfono que había en aquella posición, y cogiéndolo entonces uno de los nuestros, oyó bien cómo un oficial federal hablaba con el general Velasco.
El oficial le decía:
?Sí, mi general Velasco, aquí estoy.
Velasco le preguntaba:
-¿Pero todavía no te has retirado?
Le contestaba el oficial:
-No, señor. La entrada del cañón está quieta. Sólo desde Lerdo me cañonean de cuando en cuando.
Velasco ordenaba:
-Pues retírate inmediatamente, que ya Calabazas y la Polvorera están en poder del enemigo. Si no puedes salir con el tren, quita los cierres a las piezas y destruye tus municiones.
O sea, que aquellos hombres míos comprendieron que se trataba de la artillería y el tren que los federales tenían en lo bajo del cañón del Huarache, y entonces avanzaron, propuestos a paralizar desde arriba aquella retirada y a lanzarse a la toma de los elementos que buscaban recogerse.
Pero en verdad que nuestros hombres, aun usando parte de la artillería conquistada en Calabazas, nada pudieron conseguir, sino que el tren federal, ya a distancia de nuestro ataque, pudo salirse del cañón con cuanto llevaba.
 
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