CAPITULO XX
     
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CAPITULO XX

   
 
Serían las tres de la madrugada cuando las luminarias de las cumbres me anunciaron que los tres cerros habían caído en poder de mis hombres. Eran el cerro de Santa Rosa, sobre este lado del río, y los de la Polvorera y Calabazas en el lado de allá.
La dicha hazaña, aunque grande, no resultó firme, según luego se vería. Porque la mañana no acababa aún de clarear, ni mis tropas habían tenido aún espacio de fortalecerse en Cala bazas y la Polvorera, cuando ya el enemigo se nos estaba echan do encima en asaltos tan fuertes que apenas los podíamos con tener. Venían al frente de aquellas fuerzas enemigas el general Refugio Velasco y Benjamín Argumedo. Su artillería nos cañoneaba desde la ciudad y desde el cerro que nombran de la Cruz; y de tanto estrago nos era el dicho fuego, que, conforme a mi juicio, en él debían de estar empleando los federales todas las piezas de todas sus baterías. Es decir, que para las siete de la mañana ya habíamos perdido dos de las tres posiciones ganadas en la noche, y ya el enemigo, que en la madrugada huía de delante de nosotros por el cañón del Huarache, salía ahora por allí, y nos hacía ataques que empujaban a los nuestros hasta San Carlos, pese al apoyo de la artillería de Santibáñez, que desde Lerdo iba protegiendo la retirada.
Envalentonado con su acción, el enemigo quiso entonces con sumar su dominio del Huarache con grandes despliegues de caballería. Mas como los nuestros, rehechos en su retirada, recobraran al mismo tiempo la ofensiva y el vigor, hallaron forma de echarse otra vez sobre las tropas que los perseguían, y las hicieron retroceder, y las obligaron a recogerse al amparo de sus posiciones. Esto lograron ellos, aunque ya sin la protección del señor general Contreras, que se hallaba herido de resultas de los combates de la madrugada, y privados de las luces del consejo de él.
Pasadas las ocho arreció la pelea en toda la línea del poniente y del oriente. Por el oriente, que, según antes indico, era el ala izquierda de nuestro ataque, las tropas de Robles, de Eugenio y de Maclovio lograban en su impulso avances sobre la ciudad. Tan grande era su arrojo que entraban hasta parajes de la Alameda y alcanzaban dos cuarteles enemigos, donde se apoderaron de mulas y otros elementos. Y aunque los federales los afrontaban allí con artillería, con infantería, con caballería, y tras de cederles dondequiera el terreno llegaban a paralizarlos en aquel progreso tan avanzado dentro de la población, ellos venían a fortalecerse al sur de la dicha Alameda, donde se sostuvieron.
Salió herido en aquel encuentro José Isabel Robles, que era hombre de grande valor en todos los pasos de la guerra. Yo entonces le mandé orden de retirarse de la línea y de acogerse a la cura de mi servicio sanitario. Pero él me contestó que no, que no abandonaba la lucha ni dejaba solos a sus hombres, y que en aquella situación no me pedía más que cañones que lo apoyaran en su ataque y un médico capaz de ir bajo el fuego a con tenerle las hemorragias. Y en verdad que yo, sabedor de cómo Robles era militar de mucha ley, y cómo no había de obedecerme en puntos solo tocantes a su honra, no insistí en mi dicha orden, sino que concedí a la izquierda los cañones que necesitaba y le mandé a él el médico que me pedía.
En eso estábamos cuando recibo comunicación de Toribio V. de los Santos, aquel coronel, según antes dije, que Aguirre Benavides había dejado para vigilancia de la línea entre Hipólito y San Pedro. Me decía él que había sostenido encuentro con fuerzas del enemigo, al que había causado muertos y otras bajas, y que habiendo también cogido prisioneros, por ellos sabía cómo tres trenes federales avanzaban desde Monterrey en auxilio de Torreón, los cuales ya estaban en Benavides, estación de ese nombre.

Dispuse entonces que 2,000 hombres de Toribio Ortega y Rosalío Hernández salieran para San Pedro a contener aquel otro enemigo que me amagaba, y ordené a De los Santos que se pusiera bajo el mando de Toribio y destruyera la vía en lo posible, y lo sentencié a graves penas si por su responsabilidad no me llegaba puntual noticia de todos los movimientos de aquellas tropas de socorro. Mas es lo cierto que se me ensombrecía el ánimo considerando la aparición de nuevas fuerzas federales, tan cercanas ya al lugar donde combatíamos. Reflexionaba yo entre mí: "¡Señor, de modo que Pablo González no ha sido bastante para interrumpir esa línea de comunicaciones! -No se lo pedí yo desde Chihuahua y me prometió que sí lo haría- -No se lo solicité de nuevo desde Bermejillo y me repitió la dicha promesa-" Y se me revolvía toda la cólera de mi cuerpo al ver que así me perjudicaban en mi acción, o más bien dicho, que así me la ponían en riesgos tan graves, pues era sólo con la llegada de refuerzos y nuevas provisiones, según antes indico, como Velasco pedía anular mis ataques y forzarme a la retirada.
Dicté órdenes para que se acortara la lucha. A las doce de aquel día las brigadas Villa y Morelos. al mando de José Rodríguez y Tomás Urbina, se lanzaron en su ataque por el centro. Las cañoneaba el enemigo desde las posiciones elevadas, pero Ángeles, con pericia, contestaba los disparos de aquel fuego y le interrumpía sus ráfagas. Poco después, para mayor estrago en las fortificaciones que más nos castigaban. Ángeles hizo venir a Gómez Palacio la artillería que Santibáñez tenía en Lerdo, y que se movió bien, aunque ellos buscaron impedírselo. O sea que apoyadas entonces las fuerzas de mi centro, y bajo el fuego de nuestros cañones los fortines de Calabazas y la Polvorera, ordené otra vez el avance por el poniente, al cual fueron mis hombres con todo el impulso de su furor.
Y seguía la lucha, siempre recia y encarnizada. No se quebrantaban ellos en el vigor de su resistencia; no nos retraíamos nosotros en la renovación de las embestidas con que nos les acercábamos. A ellos parecían nacerles por todas partes cañones y ametralladoras con que resistirnos; a nosotros sus granadas ni sus balas parecían fatigarnos, aunque nos mataran y nos hirieran, según se crecía nuestro ánimo con el aumento de nuestras bajas. Y así fue como cerca de las tres de la tarde los nuestros volvieron a trepar por las laderas de Calabaza, donde captura ron una ametralladora, prisioneros y cajas de parque, y así también consiguió mi centro hacerlos reconcentrar gente en la presa que nombran del Coyote y en las alturas que la dominan. Mas conforme aquello progresaba, nuestra artillería seguía bombardeándoles todas sus posiciones, mientras ellos, para desquitarse, nos cañoneaban Gómez Palacio, sin lograr por eso contener mi acción central, que les castigaba todo aquel frente suyo con apoyo del cerro de Santa Rosa. Porque con el dicho cerro ya bien en nuestro poder, nosotros les bombardeábamos sus baterías de la Cruz.
Desde esa hora hasta el pardear de la tarde el fuego se generalizó. Yo me preguntaba, considerando cómo peleaban mis muchachitos por el centro, y por la izquierda, y por la derecha, sí aquella lucha, empezada el 22 de marzo, no columbraría nunca su término, pues ya estábamos en vísperas del día. 30; y me sobrecogía el temor de que nuestras energías y nuestros elementos se nos agotaran sin vernos triunfadores. Cuando así fuera, se mostraba tan cabal el ánimo de mis fuerzas, que varios hombres de la izquierda entraron aquella noche hasta el mercado de Torreón, y para lujo de su audacia, y auxilio de su necesidad, se surtieron allí de bastimento y luego volvieron a sus filas.
Otro día siguiente, a las cinco de la mañana, iniciamos nuestra acción con ataques de bombas de dinamita: y como la calma de la noche nos había velado el sueño hasta los tiroteos de la madrugada, íbamos briosos a la conquista de nuestro avance. Por el ala izquierda adelantaba mi gente, en forma que nombran de penetraciones, hacia el centro de la ciudad. Por el ala derecha, como a las seis, mis hombres volvían a trepar las laderas de Calabazas, y momentos después de aquello conseguían llevar su ataque, aunque en poco número, hasta los fortines de la Polvorera. Mas en verdad que la resistencia enemiga era casi tan fuerte como nuestro impulso, por lo que nos detenían ellos, y nos embarazaban a poco de avanzar. Teníamos que pararnos a considerar cómo vencerlos, y a cada paso necesitábamos tornar mejores pro videncias.
Decayó aquel ataque nuestro por el centro y por la izquierda corno a las diez de la mañana de ese 30 de marzo de 1914. Maclovio Herrera y Eugenio Aguirre Benavides me preguntaron a esa hora que si podía yo mandarles artillería, que les era de urgencia para desalojar al enemigo de sus posiciones del Hospital. Les contesté que sí, y Felipe Ángeles les mandó lo que tuvo por conveniente, conforme disponía también el refuerzo de nuestra artillería de Santa Rosa para batir las alturas del Coyote, que al enemigo le eran de mucho amparo. Tenían allí levantadas los federales trincheras de adobe y algunas otras defensas, y de tanto espíritu eran allí los soldados, que otras tropas distintas de las mías acaso los consideraran invencibles. Estimándolo, decía el señor general Ángeles:
-Hay que desconcertarles el ánimo con el estrago de los cañones.
Y metía tan adentro nuestras piezas, que los servidores casi quedaban sin el amparo de las corazas, y así cañoneaba él al ene migo, y así lograba sacar fruto de la clase de parque que llevábamos. Pero a ese fuego nuestro de Santa Rosa se pusieron ellos a contestar tan bien, gracias a la superioridad de sus proyectiles, que casi lograron acallarlo, y no contentos, de allí pasaron, aunque sin perjuicio para nosotros, al bombardeo de Gómez Palacio, y entonces el fuego del Niño y del Chavalito, de cabal exactitud, tampoco les consintió seguir en sus excesos.
Es decir, que nos afrontábamos en aquella gran batalla dos buenos ejércitos enemigos, y que si tenía yo la superioridad que da el impulso de la justicia, y la superioridad en el número de los hombres, me resistía Velasco con la calidad de sus armas y las ventajas de su posición. Tocante al ánimo de las tropas, siendo el de las mías capaz de sobreponerse a todo, Velasco había sabido inculcar en las suyas todas las formas de la gente guerrera, en lo que demostraba ser muy grande hombre militar.
Venían desarrollándose así las alternativas de la lucha, cuan do a la una de aquella tarde un correo del enemigo se presenta en mi cuartel. Me lo llevan a mi presencia; le pregunto que qué trae. Me dice que trae una carta para míster Carothers, el agente confidencial de los Estados Unidos que andaba cerca de mis fuerzas. Le pregunto que de quién es la carta. Me dice que es del cónsul inglés de Torreón. Yo entonces llamé a míster Carothers. el cual leyó entre sí aquella carta y luego me la leyó a mí. El cónsul inglés le decía:
"Señor Jorge Carothers. Agente del Gobierno de los Estados Unidos, Gómez Palacio. Señor: Anoche le escribí a usted con un mensajero que llevaba bandera blanca. Según parece, en contestación a mi carta me enviaron de allá una escolta para que yo pasara al territorio de esas líneas, pero sucedió, al salir yo, que las avanzadas constitucionalistas me hicieron fuego y tuve que regresar para protegerme. Le renuevo ahora, señor, el contenido de mi dicha carta, con la súplica de que se acerque al general en
jefe de aquellas tropas leales para que me mande una escolta de no más de tres hombres, los cuales han de venir desplegando bandera blanca y, de ser posible, en automóvil. Según la dicha escolta cruce las líneas, aquí se la recibirá y respetará. También se ha de dar aviso y orden a todos los puestos de esas tropas para que cesen por completo en sus fuegos al tiempo que el referido automóvil se acerque a esta población y luego salga de regreso. Considerando yo los nobles y humanitarios sentimientos que el señor general Villa me declaró en nuestra plática del día 27, en ellos me fundo para expresarle mis pretensiones, pues se trata de que hablemos los dos, y de que concertemos, a iniciativa del señor general Velasco y en nombre de la Humanidad, asuntos de grande importancia. Dígale usted, señor, que cuando aparezca la escolta amparada de la bandera blanca, viniendo en automóvil o a caballo, yo saldré solo a encontrarla, con bandera blanca y bandera inglesa, y me cobijaré con su protección hasta que me acojan en aquellas líneas. Propone el señor general Ve lasco que mientras dure mi ausencia y me halle yo en el desempeño de mis gestiones no se haga acción militar por ninguno de los contendientes, sino que ambos cesen en sus hostilidades. Le notifico que hay aquí extranjeros refugiados en el Banco de la Laguna, en el Banco Alemán, en los almacenes de Buchenau y en una o dos casas particulares, y que todos se hallan bien.- El cónsul de Inglaterra, Cunnard Cummins."
Tan luego como míster Carothers hizo de mi conocimiento aquellas proposiciones que me dirigían, llamé al señor general Ángeles para que las estudiara conmigo, y el resultado fue que nombramos una comisión, formada por Roque González Garza y Enrique Santos Coy, para que se acercara al campo enemigo en busca del cónsul de Inglaterra.
Dicté orden de que se suspendiera el fuego. Salió aquella comisión. Cuando González Garza y Santos Coy se vieron junto a la margen derecha del Nazas, ya muy cerca de las avanzadas enemigas, se apearon del automóvil que los llevaba, siempre al amparo de la bandera blanca. Entonces advirtieron cómo un oficial federal, que también portaba igual bandera, estaba en el puente del ferrocarril y les hacía señas de que se acercaran. González Garza mandó que avanzara cosa de cien metros el sol dado nuestro portador de la bandera. El oficial federal, con los dos hombres que lo acompañaban, avanzó también, y cuándo se halló a distancia de que se oyera su voz, se expresó con el
soldado nuestro. Le preguntó: "¿A qué vienen aquí tus jefes?" Y el soldado pasó entonces la pregunta, y según Roque y Santos Coy le respondieron, contestó: "Mis jefes vienen en busca del cónsul inglés, que pide audiencia de mi general Francisco Villa a nombre del señor general José Refugio Velasco." Aquella comunicación se dificultaba por obra del fuego de los federales, que seguían bombardeando Santa Rosa y disparaban desde Calabazas. Entonces Enrique Santos Coy, que era hombre impaciente y de mucha ley, dejó a González Garza y avanzó hasta reunirse con el oficial enemigo, el cual le dijo: "Allí en el puente está el cónsul extranjero que les interesa. Puede usted pasar a recogerlo.'' Pero ocurrió, al llegar Santos Coy al dicho puente, que ya el cónsul inglés no estaba, sin saber yo ahora si era porque aquel señor no había querido esperar más, según se verá luego, o por que el oficial enemigo quería llevarse a Santos Coy a presencia del general Velasco. Porque según se hallaron en el puente, el oficial le dijo a Santos Coy:
?Siendo que ya no está aquí el cónsul que usted busca, pasemos juntos al cuartel general. Santos Coy le contesta: -Sí, señor. Pasemos.
-Pero las leyes de la guerra me obligan a vendarlo y a desarmarlo.
Le responde Santos Coy:
-Me vendará usted, señor; pero viva seguro que no me dejo desarmar, aunque se lo impongan a usted todas las leyes de la guerra.
Así fue. Vendaron a Enrique Santos Coy. y ciego lo llevaron al cuartel general enemigo, donde compareció enfrente de Ve lasco armado de todas sus armas, como muestra de que llegaba hasta allí a título de hombre libre y no como prisionero.
Y yo, Pancho Villa, declaro que fue aquél un acto de grande valor, pues eran días en que unos a otros nos matábamos con el más sangriento encono; y afirmo también que José Refugio Ve lasco, en su respeto por aquel oficial mío, que le llegaba en forma dudosa y dueño de todas sus armas, obró como conviene a los buenos hombres militares.

 
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