CAPITULO XXI
     
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CAPITULO XXI

   
 
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Conforme quitaron aquella venda a Enrique Santos Coy, se vio él dentro del cuartel general enemigo y delante del general José Refugio Velasco.
Velasco le pregunta:
-¿Quién eres y a qué vienes? ¿Serás por ventura un particular?
Santos Coy le contesta:
-Soy oficial del estado mayor de mi general Francisco Villa.
Velasco le dice:
-Muy bien, muchachito; mas, según yo creo, eres también un valiente, cuando así te presentas delante de mí.
Santos Coy le añade:
?Señor, soy un hombre revolucionario que anda al cumplimiento del deber.
Entonces Velasco le vuelve a preguntar:
-Dime lo que quieres.
Santos Coy le responde:
-Nada quiero, señor. Sólo vengo en busca del cónsul inglés.
Y como Velasco, oyendo aquella respuesta, le preguntara entonces que qué quería yo, él dijo que yo no quería nada, que los hombres revolucionarios sólo estábamos para luchar: que eran ellos, los federales, los que solicitaban parlamento por boca del dicho cónsul.
Velasco le añadió entonces:
-Conviene que pactemos armisticio de cuarenta y ocho horas para enterrar los muertos y socorrer los heridos.
A lo cual Santos Coy, como buen oficial, le contestó que él no sabía nada de aquellas cosas, y que si algo tenían que decir me, que me lo dijeran también por boca del cónsul inglés, pues no llevaba él eso en sus facultades, ni tenía otra orden que escoltar al dicho cónsul hasta mi cuartel general, y que si no le daban al cónsul que le permitieran retirarse.
Así fue. Velasco volvió a felicitar a Santos Coy por su buen alarde de formas militares, y Santos Coy, otra vez ciego por la venda, regresó con escolta enemiga hasta cerca del río, donde lo desvendaron y despidieron, y desde donde avanzó hacia nuestras líneas. Eso hizo él cuando ya el cónsul inglés, que acababa de llegar al punto donde Roque González Garza estaba aguardando, volvía a Torreón, a solicitud del dicho González Garza, para traer de allá a Santos Coy, o a ver si algo le había sucedido.
Mirando yo cómo el enemigo, en violación de su propio acuerdo, no cesaba de bombardear el cerro de Santa Rosa mientras andaba en sus diligencias la comisión del cónsul inglés, dispuse que la artillería de mi izquierda lanzara otra vez sus fuegos sobre la ciudad. Mas confieso que los jefes de aquellas tropas nuestras se alargaron un poco en el entendimiento de mis órdenes, de modo que no sólo volvieron al uso de sus cañones, sino que se valieron de los ataques de su caballería. Es decir, que por todos lados comenzó de nuevo la pelea, y poco después estábamos ya, como en horas anteriores, trabados en grandes combates.
En el cerro de Calabazas se encendieron encuentros de mucha furia. Tenía yo allí las fuerzas del general José Carrillo, que un día antes había llegado a incorporárseme con 400 hombres suyos y 800 de los hermanos Mariano y Domingo Arríela. Do minaban aquel cerro los federales; pero, disputándoselo nuestras tropas, por trozos y por horas conseguían mis hombres traerlo a nuestro poder.
Esa tarde un grupo de soldados y oficiales enemigos quiso allí pasarse a nuestras filas, para lo cual se acercó a las posiciones nuestras pidiendo rendirse: a gritos y señas expresaban sus deseos de rendición, y solicitaban ser oídos por el general en jefe. Pero como no lo entendieron así José Carrillo ni sus tropas, no sólo no se acogió a los dichos soldados y oficiales enemigos, sino que se les contestó con toda la hostilidad de las armas; digo, que los derrotaron y persiguieron, y ya dispersos, les causaron como cincuenta prisioneros, los cuales, llevados delante de mí, expusieron sus razones, y yo acepté que se me incorporaran.
Así que llegó a mi cuartel general de Gómez Palacio el cónsul de Inglaterra, se expresó conmigo tocante a las proposiciones que venía a hacerme a súplica de los federales. Me hablaba él sus palabras, diciéndome:
-Propone el señor genera! Velasco tregua de cuarenta y ocho horas para la recogida de los heridos y la sepultura de los muertos. Es medida de humanidad, señor, y de sentimiento piadoso en tributo de los que cayeron. Según es mi parecer, usted se avendrá. Porque mientras mejores han sido, señor general Villa, los jefes militares de los pueblos que viven dentro de la civilización, y mientras más grandes, más han mitigado siempre los horrores de la guerra. Piense usted en los hombres que ahora sufren y se desangran en todo este ancho campo de batalla esperando que se les recoja y se les dé cura. Piense usted en los cuerpos de los que perdieron su vida en cumplimiento del deber: ahora se corrompen a flor de suelo y hacen pestilente el aire de sus hermanos.
Le contesté yo:
-Señor, Pancho Villa no es hombre cruel, masque así lo digan muchos y así lo propalen: yo soy hombre de corazón. Pero éstas que aquí libramos son batallas de la guerra. ¿Qué me ofrece el enemigo, señor? Que recoja yo mis heridos y mis muertos mientras recoge él los suyos. Yo no tengo heridos regados por el campo, señor: hombre que ha caído entre mis filas, hombre levantado por mi servicio de ambulancia, que para eso la tengo aquí, y para eso la gobiernan médicos y camilleros muy esforzados. Si mi herido es grave, ya está curándose en los hospitales de mi retaguardia; si mi herido es leve, ya está acogido a mi sanidad, y tocante a mis muertos, ya duermen en su sepultura todos los que cayeron dentro de la jurisdicción de mi campo. Sucede, señor, que no es tregua para heridos ni cadáveres la que busca el enemigo, cuando mucho la necesite, sino tregua para descansar de la fuerte batalla que le damos, y para ver si al fin le llegan los refuerzos que tanto le urgen, pues el señor general Velasco sabe bien que si no recibe la dicha ayuda, no podrán sus fuerzas estorbarme la toma de Torreón, ni acaso tampoco el aniquilamiento de su ejército. Esta es la verdad, señor, y por eso le contesto, para que usted conteste así al dicho general, que no concierto treguas en beneficio del enemigo.
Considerando aquellas palabras mías, el cónsul inglés me preguntó :
-¿Qué propone entonces el señor general para que cesen estos combates? Yo le dije:
-Propongo, señor, la entrega de la plaza por las tropas de Velasco, y que todas esas tropas me rindan las armas.
Y como me dijera él que si estaba yo dispuesto a responder por escrito, le contesté que sí.
Así fue. Esa misma tarde despaché al cónsul para que llevara al campamento enemigo aquellas palabras mías. El contenido de mi respuesta era éste:
''Señor general José Refugio Velasco. Señor: Le expreso mi pena de que no se haya usted dignado contestar cuando le intimaba rendición, pues estimo de buenos hombres militares guardar siempre al contrario todas las formas de la cortesía, cuanto más si se trata de hombres militares de tan grande civilización como la suya. El armisticio que me pide para levantar el campo, no se lo puedo conceder, señor, pues sólo sería para su provecho. Yo no tengo muertos ni heridos cerca de mí. Mis muertos, hasta donde las peripecias de la lucha lo consienten, ya se hallan bajo tierra. Mis heridos se curan en mis hospitales, de aquí o de mi retaguardia. Le declaro, pues, que sí le otorgo su petición de que esta batalla cese, pero ha de ser a cambio de que Torreón y todas sus fuerzas se me rindan, y comprometiéndome yo a respetar la vida de todos aquellos señores generales, jefes y oficiales, para quienes destinaré buen alojamiento en Chihuahua, y a res petar la vida y la libertad de todos aquellos soldados. Pero créame, señor, que si me alargo en estas concesiones es por ponerme dentro del ánimo fraternal que, conforme a mi juicio, debe hacernos generosos a los buenos mexicanos, y se lo digo porque el verdadero impulso de las tropas de nuestra Revolución es de guerra a muerte contra la clase privilegiada que intrigó para la caída del gobierno del pueblo, y de guerra de exterminio contra los militares que se conchabaron con las dichas clases y que malbarataron su honor traicionando al señor Madero, pues así se convirtieron en protección de los que sólo quieren el dolor y la miseria del pobre. También lo invito, señor, en caso de que no resuelva ahora la rendición de sus armas, a que ahorre sangre de civiles y propiedades de inocentes saliendo a la batalla fue ra de los muros de la ciudad. Hágalo, pues, y yo lo estimaré entonces persona humanitaria y de sentimientos nobles. Le repito, señor, todas las formas de mi respeto. Cuartel general de la Di visión del Norte, Gómez Palacio, a 30 de marzo de 1914.?El general Francisco Villa."
Aquella comisión que había ido a Torreón a traer el cónsul de Inglaterra, aquella misma fue a llevarlo ahora hasta las avanzadas enemigas. Allí esperaron un rato los dichos comisionados míos, y poco después, al aparecer y ondear del otro lado la bandera inglesa, regresaron a nuestro campo. Dicha aparición era la señal convenida para el caso de que los federales no se avinieran a ninguna de las condiciones que yo les imponía.
Según indico antes, mi izquierda, mirando los bombardeos enemigos, no había dejado de combatir durante todo el tiempo de las diligencias tocante a la tregua; y tan pronto como González Garza y Santos Coy vinieron a comunicarme la negativa de Velasco, di orden de que se prosiguieran todos los fuegos y luego luego acabé de dictar mis providencias para el ataque de la noche.
A las ocho recreció el combate. Mandé entonces que avanzara por el centro la gente de infantería que había yo puesto al mando de Martiniano Servín, y al tiempo que aquellas tropas hacían su ataque, dispuse que toda la artillería de Ángeles bombardeara al enemigo amparado dentro de la ciudad. Ellos nos contestaban con su cañoneo sobre Gómez Palacio, que era certero hacia el sur, mas no de grande daño para nosotros, pues sabiendo yo cómo por allí sus granadas venían siempre a estallar en los sitios a donde las dirigían, me les adelantaba, poniéndoles en algunos de nuestros movimientos de la sombra hincapiés que los engañaban. Esto les hacíamos nosotros aun cuando ellos, urgidos de orientarse, disparaban desde las cumbres fuegos luminosos que nombran cohetes de luz.
Conseguimos con aquella lucha mover nuestro centro hasta la margen derecha del Nazas, de la cual nos apoderamos antes de las once de la noche. Pero mientras por allí lográbamos nos otros aquel avance, por la derecha las tropas del general Carrillo no sólo no acudieron a la acción según la buena forma de mis órdenes, sino que se dejaron sorprender, y luego, sin aprontar ninguna resistencia digna de verdaderos hombres militares, perdieron lo que llevábamos ganado sobre las posiciones de Calabazas. O sea. que malograron en lo mejor mi ataque de aquella
noche y se hicieron responsables de mucho número de muertos y heridos.
Me decía mi compadre Tomás Urbina:
-Ya se lo recordaba yo, compadre: José Carrillo y su gente, y Mariano y Domingo Arrieta con toda la suya, no son hombres de fiar. Y no es que busque entrometerme, siendo de usted el mando y suyas las responsabilidades; pero yo nomás le digo: si en mi autoridad estuviera, ni Carrillo ni su brigada volvían a desconcertar aquí nuestros planes.
-Compadre, viva usted seguro que mañana, con la luz del sol, José Carrillo y sus oficiales penarán el castigo de su culpa. Lo cual le dije muy quedo en mis palabras, aunque revolviéndome de cólera entre mí, sin saber yo ahora si la mucha apariencia de mi calma era obra de la grave culpa de Carrillo, o si la ocasionaba mi propósito de no dejarme llevar de mi carácter arrebatado. Porque andaba entonces cerca de mí un médico extranjero que nombraban el Doctor Raschbaum, el cual me advertía que no comiendo carne se aliviarían en mucho mis violencias; y yo, que no quería que las dichas violencias me cegaran, para ser en todo hombre justo y de razón, no sólo me mantenía entonces sin carne, con grande sacrificio de mi costumbre, sino que llevaba propuesto el ánimo a no dejar salida a mis arrebatos.
Aparecí, pues, muy sereno cuando me recogía aquella noche a mi cuartel, cuanto más que acababa de recibir la noticia de cómo el general Chao me mandaba, para reforzarme, mil hombres de la gente que le había yo dejado en Chihuahua. Estas eran sus palabras: "Yo no necesito aquí tan grande guarnición, en tanto que a usted sí le hacen falta esas fuerzas de infantería que ahora le mando." Y ciertamente que yo, considerando las serias dificultades de aquella lucha, se lo agradecí.
Otro día siguiente, torpe yo de cuerpo por algún quebranto en mi salud, no aflojé para nada en mis providencias para la pelea. Empecé el día con la orden de que se llevara bastimento a los soldados, de modo que se conservaran todos en las posiciones ganadas al enemigo y de que no flaquearan en el ataque. Luego, convencido de que urgía quitar a Velasco toda esperanza de una salida, y aun la ilusión de cualquier socorro, ordené a José Isabel Robles extender la línea de la izquierda hasta más al sur del ferrocarril de Saltillo, no fuera que sabiendo Velasco, según probablemente sabía, cómo estaban ya por San Pedro fuerzas que le traían ayuda, se confortara su ánimo, y el de sus hombres, imaginándose panoramas favorables. Porque bien cortada su línea del sur, y la de Saltillo, y la de Monterrey. y la del Norte, y la de Durango, quería yo hacerle reflexionar cómo no le quedaba otro futuro que sucumbir, o triunfar en su defensa. Y él veía claro que no podía triunfar, y que no podían llegarle socorros, y que no podría escapar cuando sus elementos se le agotaran. A eso lo obligaba yo.
Aquella mañana tuve noticia cabal de la desobediencia de José Carrillo a mis órdenes. A seguidas mandé traerlo y someterlo a causa de consejo de guerra.
Me decía González Garza:
-Mi general, tratándose de un brigadier, este consejo de guerra no basta para juzgar a José Carrillo. Hay que formarle consejo de guerra extraordinario, que compongan sólo generales.
Yo le dije:
-Muy bien, muchachito: por esas formalidades no quedará. Que juzguen a José Carrillo varios generales, y yo mismo si hace falta; pero yo le prometo que no hay aquí general que no me lo sentencie a muerte, según lo merecen sus delitos.
Y así fue. En menos que el aire, le formé a Carrillo consejo de guerra extraordinario con los generales Tomás Urbina, José Rodríguez, Calixto Contreras, Andrés Villarreal, más el licenciado Ramos Romero, como asesor, y el coronel Roque González Garza como secretario del juez. De este modo, para las cinco de aquella tarde ya estaba José Carrillo en sus declaraciones, y para las seis ya me lo habían declarado formalmente preso. Tocante a sus tropas, las mandé reconcentrar en Gómez Palacio, y luego que llegaron dispuse que las desarmaran. Eso hice yo para que aquellos hombres sintieran el rubor del mal comportamiento suyo, y para que mandadas después por un buen jefe, y bien dirigidas por sus oficiales, obraran con todo el valor que hace falta en los azares de la guerra.
 
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