CAPITULO XXII
     
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CAPITULO XXII

   
 
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Aquella noche del día 30 mandé que se suspendieran todos nuestros ataques a Torreón, pues quería yo dar reposo a las tropas en espera de mis movimientos concebidos para otro día siguiente. También quería favorecer la nueva acomodación de la artillería, que el señor general Ángeles estaba reorganizando. Pero, según es mi memoria, no se avinieron los federales a dejarnos descansar, sino que pasadas las once, se encendió fuerte tiroteo entre las líneas del norte, y así seguimos hasta cerca de la una, en que decayó poco a poco el fuego de los fusiles.
Nos amaneció el día 1° de abril. A las tres de la madrugada ya estaba otra vez trabada la lucha en la derecha, por el Huarache y la Alianza. Era pelea que iba propagando sus fuegos, primero con escaramuzas que ellos provocaban, luego con los bombardeos que nos hacían, desde las alturas, sobre Santa Rosa y Gómez Palacio.
Los dejamos seguir en eso hasta las seis. A la dicha hora dispuse que empezara el ataque de mi izquierda, aunque lo hice poniendo en aquellas órdenes mías ánimo de no comprometer por allí la gente en avances de mucho riesgo, sino sólo para dar quehacer al enemigo, pues buscaba yo, en los cálculos de mi grande ataque de esa noche, que lo más de mis tropas gozara He algún reposo.

Así proseguía la situación. Para los federales la luz del sol brillaba siempre en su beneficio; para mí, las sombras de la noche cobijaban el progreso de todos mis ataques; cuantimás que comprendiendo yo cómo todo aquel poderoso esfuerzo de mis muchachitos no acabaría en nuestro triunfo si no conseguíamos quitar al enemigo las alturas con que nos dominaba, tenía resuelto echármele encima aquella noche en forma que allí lo dejara sin acción. Porque en verdad que duraba ya mucho la batalla, y los combates me costaban ya cerca de dos mil hombres. y empezaban a escasearme algunos bastimentos, y ya se me limitaban las pasturas. En mis reflexiones acerca de estos puntos temía yo siendo algo conocedor de la guerra, que sobreviniera cansancio entre mis soldados, pues en la acción de los ejércitos que ataran daña más que la muerte la fatiga de no salir nunca de unas mismas peripecias. Es decir, que había yo resuelto para esa noche quitar otra vez al enemigo los cerros de Calabazas y la Polvorera, mientras por la izquierda le producía con mi avance el azoro de estar ya nosotros en el corazón de la ciudad, y eso según le hacía por el centro todo el estrago posible en sus posiciones del Coyote.
Aquel descanso mío lo tomaron ellos como ocasión para el fuego de sus cañones: a las ocho de la mañana su bombardeo de Gómez Palacio era más fuerte que cuantos me habían hecho sobre aquella población, tras de lo cual siguieron con nuestras posiciones de Santa Rosa. Y poco después, como nosotros hiciéramos en la estación movimiento para dar paso a los trenes del servicio de mi ambulancia, las granadas enemigas fueron para aquellos trenes nuestros que más se les acercaron. En eso el encono de ellos recreció tanto que, terminado el dicho movimiento, tuvimos que devolver nuestros trenes hasta más de un kilómetro hacia atrás. Así los librábamos del enemigo, y así hacíamos que siguiera él en su gasto de municiones.
Al recibir por la mañana noticia de cómo había habido sentencia de muerte para el general José Carrillo, fui yo a dónde estaban presos los oficiales de su brigada y les dije:
"Compañeritos, las necesidades de la guerra son siempre con exigencia de valor. Por eso el buen hombre militar es hombre que no tiene miedo, o que si tiene miedo halla en la ley de su honra bastantes fuerzas para dominarlo. Es decir, que los hombres sin decoro y sin valor no sirven para proteger la causa del pueblo por lo que en la División del Norte no tienen acogida los cobardes, y si alguno llega hasta ella, pronto desaparece. Estas son mis palabras: tocante al jefe que hasta ayer les dictaba a ustedes sus órdenes, ya tendrán noticia de lo que le va a pasar: el consejo de guerra acaba de condenarlo a muerte; tocante a ustedes, que tampoco entendieron el cumplimiento del deber, hay orden de que también sean pasados por las armas. Porque yo los acogí en la angustia de esta pelea, por llegar ustedes diciéndose hombres militares y hombres de valor, y como a hombres de valor les entregué una posición que ustedes abandonaron luego como cobardes. Sepan que son muchas, señores, las vidas que la toma de aquella posición me había costado, y muchas las que ahora me costará el recobrarla, por lo que no puedo con sentir que se vayan sin castigo. En la guerra las vidas se pagan con la vida. ¿Ninguno de ustedes se quiso morir? Muy bien: ahora van todos a saber lo que es la muerte. ¿O acaso he de andar yo ganando posiciones enemigas para que los hijos del miedo vengan a entregarlas?"
Lo cual les predicaba yo no porque en verdad tuviera la intención de matarlos, sino para que recapacitaran en su conciencia cómo en las batallas anda más cerca de la muerte el prófugo de su deber que el hombre de corazón que ahuyenta con su pecho las balas enemigas.
Y era que expresándome la noche antes con el general Felipe Ángeles tocante al delito de José Carrillo y sus oficiales, me había dicho él:
-A los ejércitos más valerosos los acomete a veces el miedo que nombran pánico.
Y le había contestado yo:
-Será, señor. Mas esos pánicos no se repiten curándolos con el fusilamiento.
Y él me había dicho:
-Perdone usted esos oficiales. Así no habrá pena irreparable para los que de entre ellos resulten hombres de valor.
Y yo le había contestado:
-Muy bien, compañero: se los voy a perdonar esta vez. Pero viva seguro que todos ellos irán mañana al asalto de las posiciones federales, y los que no busquen la muerte en sus hazañas, la encontrarán allí mismo en su cobardía.
Seguí, pues, de este modo la prédica que les estaba yo haciendo a los dichos oficiales:
"Pero quiero, señores oficiales, que todos ustedes sufran la muerte de mi justicia, no la de mi injusticia. De manera que no
los voy a fusilar orita mismo, sino que los voy a mandar esta noche a la toma de las posiciones enemigas, vigilados todos por hombres de mi escolta, y allí donde cualquiera olvide el cumplimiento del deber, allí mismo recibirá la pena de mi castigo. Es decir, que vivirán o morirán con honra si se portan bien, y morirán sin honra si se portan mal. Esto más les añado: si son grandes en sus hazañas, les concederé también la vida de su jefe."' Así fue. Mandé formar un cuerpo de infantería con las fuerzas de José Carrillo. Les pasé revista aquella misma tarde. Las municioné bien. Las doté de buenas bombas que me acababan de llegar. Las exhorté de nuevo a que recuperaran su honra y salvaran la vida de su antiguo jefe. Y luego las puse bajo el mando de Martiniano Servín.
La tarde de aquel día 1° de abril de 1914 llamé a mi compadre Tomás Urbina y le dije:
-Compadre, ¿qué piensa usted de esta resistencia que aquí nos hace el enemigo?
Me contesta mi compadre: -Que es muy grande resistencia. Llamo entonces a Felipe Ángeles y le digo: -Señor general, ¿ qué piensa usted de esta resistencia que aquí nos hace el enemigo? Me contesta Felipe Ángeles: ?Que es muy grande resistencia.
Y como siguiéramos en aquellas expresiones, me añadió él: -Si al enemigo no se le quebranta el ánimo, o no se le ago tan sus elementos, aquí nos desangraremos por muchos días más. Yo le digo:
-Muy bien, señor. Pero si le tomo yo al enemigo varias veces sus principales posiciones, y lo dejo obligado a recobrarlas siempre, o a perder las otras, ¿no cree usted que su ánimo se quebrantará, cuando no sea que sus municiones se le agoten? El me contesta:
-Puede ser mi general; y más lo será si, dejando nosotros abierta una salida, el enemigo se acoge a ella sin saber que es hincapié que nosotros le ofrecemos.
Entonces me quedé yo considerando aquellas palabras de Felipe Ángeles, y me pregunte entre mi que qué sería mejor, si seguir en mis ataques a sangre y fuego hasta el aniquilamiento del enemigo dentro de Torreón, según había acallado antes con todas las fuerzas huertistas de Chihuahua, o si dejar salir a Velasco para cogerlo después en condiciones que le fueran menos favorables. Y es lo cierto que reflexionando cómo cobijaban peligro los refuerzos federales que ya venían por San Pedro de las Colonias, resolví ordenar, tan pronto como prosperara mi ataque de la noche, que las tropas de mi izquierda dejaran otra vez libre la salida de Torreón rumbo a Saltillo.
A las seis de aquella tarde me llegaron los ochocientos hombres de la Brigada Villa y de la Brigada Benito Juárez que me enviaba desde Chihuahua el general Manuel Chao. Vino a presentarse delante de mí el señor general Luis Herrera, que mandaba dichas tropas. Se me presentaron también Benito Artalejo y Martín López, dos hombres de grande valor, y de mi confianza, que venían entre esas fuerzas con grado de tenientes coroneles.
Yo les dije:
-Compañeritos, llegan ustedes en momentos que son de angustia. Este enemigo no se quiere rendir. ¿Ustedes y sus hombres vienen propuestos a morir dándome su ayuda? Si así es, mañana mismo estaremos dentro de Torreón, pues no duden que ya habría yo tomado la dicha plaza si todos los hombres revolucionarios de estas comarcas salieran a la verdadera lucha por la causa del pueblo.
Lo cual decía yo encendiéndoseme toda mi cólera al ver cómo Mariano y Domingo Arrieta, que tenían en Durango tropas de mucho número, y muy bien montadas y equipadas, no escuchaban mi orden ni mi ruego de traerme su auxilio. ¡Señor, aquello era traición a los deberes revolucionarios, pues todos teníamos un solo enemigo que vencer, y no era ley que unos muriéramos por unos triunfos mientras otros los estorbaban, ni que se entre metiera la envidia, o el egoísmo, en el curso de una causa tan grande como la que andábamos peleando! Pero pensaba yo entre mí: "Acabaré esta campaña de la Laguna y saldré en busca de esos generales para fusilarlos." Y se me ensombrecía más el enojo con los informes que sobre eso me daba el gobernador del estado de Durango, un señor ingeniero, de nombre Pastor Rouaix, que también había llegado a mi campamento.
Serían las ocho de la noche cuando salieron para su sitio de combate las nuevas tropas que me acababan de llegar y las que había yo puesto esa tarde al mando de Martiniano Servín; Serían las nueve cuando se abrieron los fuegos de mi centro. Serían las nueve y media cuando se abrieron los fuegos de mi derecha. Se rían las diez cuando se abrieron los fuegos de mi izquierda. Y de ese modo, bajo el poder de nuestra artillería, que bombardeaba Torreón desde Santa Rosa con disparos de mucho acierto, fue progresando nuestro ataque hacia el centro de la ciudad. Con esto, según adelantaban en su línea las tropas de mi izquierda, las brigadas de Luis Herrera y Martiniano Servín se acercaban por el centro a los fortines y trincheras que tenía el enemigo en la presa del Coyote.
Y lo que sucedió fue que resultaron terribles las mudanzas de aquella lucha. Porque parecían ellos arrebatados por el empeño de su última resistencia, y parecíamos nosotros propuestos a desbaratarlos o a sucumbir, pues no nos arredraba el peligro de sus fuegos, sino que mientras más muertos y heridos caían de entre nosotros, más se iluminaban las laderas de aquellas alturas, y más resplandores se creaban sobre la ciudad con la lumbre de nuestras granadas y nuestros fusiles y con la llamarada de nuestras bombas. Era que, pasadas apenas las diez, se apagaron todas las luces de Torreón, y entre la oscuridad que de allí subía se acrecentaban más las luminarias de los combates.
Antes de las once de la noche ya había logrado nuestra derecha ir trepando hacia las alturas del cañón del Huarache, y antes de las once y media empezaba ella a tener buen pie en lo principal de las laderas. Frente a la presa del Coyote se desarrolló la acción con tanta furia, que a la una de la madrugada ya estaban los hombres de mi centro peleando al pie de las defensas de tierra que allí tenían los federales. Era la lucha más recia de cuan tas nos habían ensangrentado en los ataques de todos esos días. Sucumbió allí a los primeros disparos Benito Artalejo, uno de los tenientes coroneles, como antes indico, que acababan de llegar de Chihuahua, muy buen hombre revolucionario, de mi cariño y de grande valor, por el cual lloré. También cayeron allí muertos Pablo Mendoza, otro teniente coronel, y un mayor de apellido Jaques, y otro llamado Virginio Carrillo, más otros oficiales que también resultaron heridos o muertos entre la gente de la Brigada Carrillo, que, según ya dije, había yo puesto esa tarde a las órdenes de Martiniano Servín. y otros entre las tropas de Luis Herrera. Porque arreció tanto en su encono aquel asalto nuestro contra las posiciones del Coyote, que en menos de dos horas nos causaron allí los federales cerca de cien muertos y no menos de trescientos heridos. Mandaba las dichas posiciones enemigas un coronel nombrado Quiñones, el cual murió también aquella madrugada, hecho que luego me contarían.
Así peleaban la batalla los hombres de mi centro, y conforme ellos se desangraban, las brigadas de mi izquierda volvían a la lucha en sus avances sobre el corazón de la ciudad, y las de la derecha no desamparaban su propósito contra los cerros, que era lo más importante de todo. Además, como para la acción de la izquierda había yo ordenado a Robles recoger sus tropas de sobre la línea de Saltillo y dejar libre a Velasco aquella salida, todas las fuerzas suyas, más las de Maclovio y Aguirre Benavides, se trabaron en muy duros encuentros.
Aquellos hombres míos hacían su pelea de calle en calle y de casa en casa, con bombas de mano y fuego de fusil. Lograban así sus ventajas, y cuando no, se mantenían siempre con un ánimo que iba desgastando la fortaleza que los rechazaba. Allí volvieron ellos a conquistar por asalto puestos del enemigo, y acogerle prisioneros, y a tomarle ametralladoras en combates sólo de valor y de furia.
En los ataques de la derecha Miguel González consiguió, en horas de la madrugada, llegar hasta los fortines de Calabazas; y según adelantaba él así. Eladio Contreras, con gente de la Brigada Juárez de Durango, alcanzaba los fortines de la Polvorera. Y aunque aquellas ganancias eran, como lo fueron, de poca duración, pues no se consumó el completo dominio de los dichos cerros, nuestra hazaña rebajó mucho en el enemigo la fe suya en que allí estaba su grande baluarte. Porque vieron entonces cómo tomadas una vez por nosotros sus posiciones, y casi vueltas a tomar, acabaríamos por arrebatárselas tan pronto como su merma les impidiera recobrarlas; y acaso consideraran también que, al ocurrir así, y ya sin esa protección, quedarían en el desamparo, como en Gómez Palacio cuando pensaban intentar su retirada siendo yo dueño del cerro de la Pila..
 
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